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# Ratas en París
- URL: https://www.carlosmalpartida.com/ratas-en-paris/
- Published: 2018-07-06T18:12:45.000Z
- Updated: 2026-09-15T19:12:07.000Z
- Description: Recordarán a un señor argentino que decía que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. A mí me pasa…
- Author: carlos malpartida
- Tags: #Migrated-1786181758022, #Import 2026-08-08 11:36, Diario

Recordarán a un señor argentino que decía que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. A mí me pasa igual pero con los libros que no he llegado a leer. Saco pecho de aquellos textos que me han marcado precisamente por no leerlos o leerlos muy mal. Tiene más delito lo segundo que lo primero pero es lo que hay y ya gasto una edad para empezar a asumir los errores. Especialmente los errores librescos. *La ratesa*, de Günter Grass es uno de ellos. No lo recuerdo muy bien y como lo leí de aquella manera a la remanguillé —todo lo leo así realmente — pues tengo memoria de ratas que sobrevivían a cualquier cosa como la raza superior que son. Podría mirar en Google pero es tal la pereza que me quedo con eso de roedores por encima y debajo de todos. Me viene ahora a la mente la cubierta donde una rata llenaba la portada con la cara afilada de maldad y la violencia callada en los ojos. La violencia de lo que sobrevive en cualquier circunstancia.

No hace falta ir a Disneyland para ver a Mickey, a Minnie o a la otra que es cocinera. En los jardines de la plaza de Notre Dame se puede ver a las ratas correr con la misma alegría desenvuelta de los dibujos animados. Entran y salen de los arriates con la prudencia burlona de las que se saben observadas por la mirada cetrera y marmórea de las gárgolas. Y el caso es que a nadie parece sorprenderle la presencia de las ratas que casi son unas turistas gordas más (están bien comías) o parte del mobiliario urbano. Ratas felinas como gatos. Casi divertidas y motivo de juegos. Mira otra, otra, y otra. Conté hasta cuatro pero si te pones a mirar con detenimiento seguramente te salen media docena larga de ellas así a lo pronto. Ratas y más ratas a primera hora de la noche parisina y al ladito mismo del Sena. Otro día hablamos del Sena pero se resume con la frase aquella de que tiene más mierda que el rabo de una vaca. Madre mía lo del Sena. De ahí va a salir algo gordo cualquier día.

Vamos, que uno va a París esperando encontrarse a señoras estupendas paseando dálmatas con la baguette debajo del estiloso y perfumando brazo y lo que se encuentra es una ciudad atestada de turistas hasta lo impensable y lo insoportable —esos otros roedores con espíritu de termitas y teléfonos móviles —, una grandeza sucia como de imperio por limpiar y ratas al mando. No estuve en las catacumbas pero no me quedé con las ganas. Decepciona París a los que viajamos poquísimo y casi no se nos puede sacar de casa o del cubículo mental perfecto que tenemos diseñado para que nada nos levante la ansiedad. Ya hace unos años me sorprendió el hecho de que las papeleras fueran de bolsas de plástico transparente dejando ver la basura en todas las esquinas. Lo traslúcido de los desperdicios por miedo a las bombas. Ciudad complejísima, dura y muy alejada de la estampa idílica de cafetitos minúsculos que todos tenemos en la cabeza. El metro sin aire acondicionado, oscuro, gris e insalubre. Nada romántico y más bien miserable y antiguo para una ciudad de esas dimensiones. París se cae un poco a cachos y el imperio convive con el socavón y los horteras que alquilan coches de lujo en Trocadero mientras la torre Eiffel se ilumina, cansada, como una vieja vedette.

Me quedé con ganas de ir a un lugar que me recomendaron: el museo del escultor Antoine Bourdelle. Otra vez será. Lo tengo anotado en el cuadernito sentimental de lo que hay que hacer. Siempre hay que dejarse cosas pendientes en los sitios y a París hay que volver pronto para endurecer el alma (tanta belleza y tanta dureza larvada educa). Mover el bigotillo, apretar la larga y durísima cola y salir a dar mordiscos a las esquinas. Ya se sabe que las ratas nos alimentamos del turrón duro de los monumentos.