La bola negra de Maricarmen

«Por rojo y maricón». «Desahuciada por un fondo buitre». La realidad siempre es distinta al trazo grueso.

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Ana Belén cantando, con el vestido pintado de rosa y una flecha clavada, a la manera de los carteles de La bola negra
Ana Belén en concierto, 2013. Foto: Correopao / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. Imagen modificada y combinada con material de Adobe Stock.

«Por rojo y maricón» parece el sintagma, la simplificación, el blasón de sangre que rodea a Federico García Lorca para hablar de su asesinato en 1936 al inicio de la Guerra Civil española. La expresión es heredera de la confesión que Ian Gibson, entre otros, atribuye a Juan Luis Trescastro Medina: «Acabamos de matar a Federico García Lorca y yo le metí dos tiros en el culo por maricón». Los que trabajamos en publicidad sabemos que acotar todo a una dosis mínima, siempre lo más sencilla posible, es el mejor camino para vender el producto, aunque esa forma de comprimir no sea del todo verdadera, cuando no directamente falsa. Y los escritores, incluido Lorca, son los publicistas de sí mismos y los voceros de su marca.

Andrés Trapiello escribe en Las armas y las letras (ed. 2019) que alrededor de la ignominiosa muerte de Lorca hay todo un nudo fatal, histórico y humano. Es difícilmente reducible a una versión maniquea y frentista. Lo hace cuestionando razonadamente la visión del propio Ian Gibson. Habla, por ejemplo, a partir del testimonio de Gabriel Celaya, de la relación entre Lorca y el creador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera: «¿Sabes que todos los viernes ceno con él [con José Antonio]? —le diría el poeta granadino al todavía en ciernes poeta vasco—; solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo, ni a mí me conviene que me vean con él» (p. 173). Años después, Celaya se lo contó de viva voz a Gibson: «A José Antonio me lo presentó Federico en Casablanca una noche de whiskis. […] “Oye, ven aquí (me dice), te voy a presentar a José Antonio, vas a ver que es un tío muy simpático”. Y nos presentó. Eso sería el 34» (p. 174). Rojos y fascistas compartiendo el todo Madrid, ya fuera en las tertulias previas de La Ballena Alegre o más avanzada la madrugada, y metidos en harina, en el Casablanca. Esta realidad y estas relaciones individuales entre bandos existieron, y el caso Lorca no es ajeno a ello. Es en la izquierda española donde hay interés en obviar estos hechos o directamente en prescindir de ellos.

Todavía no he ido a ver La bola negra (me resisto como puedo al hype) de la factoría Los Javis, esos Victorio & Lucchino de la cosa cinematográfica, y aun así me aventuro a juzgar cómo va a ser el Lorca javinesco. Intuyo que Los Doble Jotas, que son muy zorros y ya perros viejos, no se van a meter en muchos berenjenales políticos, o lo harán sutilmente envolviendo el «por rojo y maricón» en un enorme celofán visual para que el significarse esté ahí —cómo no va a estar—, pero sin un frentismo que lo invalide para cualquier tipo de público. Desde la trinchera, pero una trinchera más estética, con su guitarrica y su fuente, que otra cosa. Transversales porque tienen ambición de universalidad y una voluntad cósmica. Nuestros queer más pijos que quedan bien en cualquier ambiente. Aquí radica su grandeza, entre lo naíf y un compromiso soft, y por eso se van a traer todos los Oscar. Hasta Carlos Boyero, en lo de Francino, no paraba de echarle flores a la película.

«Desahuciada por un fondo buitre». Volvemos a la simplicidad, al trazo grueso. Ha querido el destino que coincida el estreno con la protesta que ha montado el zurderío más pata negra y con pedigrí, a propósito del desahucio de una señora casi nonagenaria en el barrio del Retiro. Incluso la eurodiputada Irene Montero ha tenido que dejarse ver por el centro. Han tomado la zona por asalto para denunciar que un supuesto fondo buitre ha puesto de patitas en la calle a Maricarmen. El caso tiene su aquel porque ella llevaba décadas pagando un alquiler de renta antigua gracias a una ley de Franco. Una vez muere su padre, sigue viviendo con su madre en el piso. Desde 2005, al fallecer esta, se queda sola pagando un importe mucho menor que los salvajes precios del mercado (una diferencia que tiene que asumir el propietario). La ley solo permitía permanecer de manera indefinida a la madre, ya que era la primera subrogada. La de Maricarmen fue la segunda subrogación y esa solo le daba derecho a dos años (reforma socialista de 1994), salvo que existiera una discapacidad igual o superior al 65 %, y la de Maricarmen es del 50 %.

Así visto se puede concluir que la señora, por muchos años que llevara allí, vivía en el piso de forma irregular. La paradoja es que es precisamente una reforma «progresista» la que permite que el juez la eche de la casa de un modo que nos puede parecer desproporcionado pero no ilegal. Sin embargo, Maricarmen es desde ya un casus belli para un progresismo que, aunque lleva ocho años gobernando, no va a Ferraz a hacer la sentada y mira, furibundo, a la Comunidad de Madrid (que, igual que el Ayuntamiento, sí le ofreció plaza en una residencia). Politizar el dolor y televisarlo estratégicamente, prostituir la emoción y usar a una anciana para hacer campaña. Han llamado a maitines, ya están los cachorros acampando en Sol buscando un nuevo 15M antes de las elecciones autonómicas de mayo.

El Bardem no famoso, Juan Diego Botto, Marwan y la mismísima Ana Belén, alzándose en armas. La intelectualidad fetén que nunca falla. Ya lo siento por Maricarmen. No debe de ser fácil que la noche antes de que te desahucien venga Ana Belén, micrófono en ristre, a recitarte a Alberti. Una cursilería que duele por gratuita. Una performance innecesaria, tragicómica, por mucho que se quiera ir a protestar por la causa. Por cierto, un Alberti que hablaba, poniéndolo en boca ajena, sobre la muerte de Lorca de esta manera: «De todos modos, sostienen otros, aunque lamentándolo, que gracias a ese mismo y trágico final acabaste por ser un gran negocio. A diestro y siniestro, Lorca y el flamenco, Lorca y los gitanos, Lorca y los toros» (p. 170). El gran negocio lorquiano, publicidad al fin y al cabo, sea la bola del color que sea.