Ayuso Bandini
Vi una vez a Miguel Ángel Rodríguez en la plaza de toros de Las Ventas. Impone. Rocoso, volumétrico y de notable trapío. Una presencia muy…
Vi una vez a Miguel Ángel Rodríguez en la plaza de toros de Las Ventas. Impone. Rocoso, volumétrico y de notable trapío. Una presencia muy macho que lo mismo te preña de un vistazo que te gana unas elecciones autonómicas. Tiene algo de búfalo al que no me gustaría tener delante cuando se arranque en la embestida. Se intuye que es de esos que no frenan, —y seguramente no midan—, cuando ya están metidos en faena. Ariete barbado de no chica cabeza. Un tipo que mastica los huesos, con mucho crujir sonoro de mandíbula, cuando se aprieta unas aceitunas con el Nestea del mediodía.
Bien es sabido que es él la persona que está en la banda dirigiendo las gambetas de Isabel Díaz Ayuso en el césped de la política madrileña (que es lo mismo que decir política nacional sin querer faltarle el respeto a ninguna de nuestras Españas). Pero Miguel Ángel Rodríguez no patea los penales ni tiene que subir a rematar el córner en el minuto noventa y tres. Por mucho que grite desde la esquina preparando las sales y el cubo para cuando suene la campana, al final es Isabel la que pone los guantes y la carita para recibir las hostias. Es ella la que se tiene que fajar con lo que toque. Vuela como una gaviota, pica como una abeja. Y los golpes no son, ni han sido, pocos. Al contrario. Una gran mayoría de ellos a su persona y no tanto a su gestión o a su gobierno. De loca (conocida es la burla de llamarla “IDA” aunque no refiriéndose, precisamente, a las siglas de su nombre) para arriba. No quiero dejar de mencionar que muchos de estos insultos y humillaciones vienen del lado femenino. Mujeres odiando a otras mujeres como solo las mujeres que odian saben hacer. Carnívoros, pirañescos. Durísimos, hirientes. Con Isabel Díaz Ayuso no existe la sororidad ni se espera. Hasta ahí podíamos llegar. Hay escritoras, algunas muy ilustres y de lindo nombre, que le han dedicado un desprecio seco en sus columnas, desproporcionado y sin piedad. A seguir muy de cerca este fenómeno de mujeres disminuyendo a mujeres, como si tuvieran una tara, por ser de derechas.
Porque con Díaz Ayuso no hay medias tintas. A favor o en contra. España ya se explica dividida entre ayusistas o antiayusistas. Un tablero de dos polos enfrentados que tiene visos de convertirse en bandos irreconciliables. O se está con ella o frente a ella. Difícil quedarse en el medio aunque es casi mejor así porque el medio (ese centro que no es chicha ni limoná) es para pechos fríos y abogados que no dan ni chapa. Y en esta ciclotimia ayuser parece que Isabel va ganando. Al menos venía ganando por varios cuerpos con una Comunidad de Madrid a la vanguardia en la gestión de la pandemia por muy cicatera e hipócrita que se quiera poner la oposición negándole los éxitos. Un triunfo, su triunfo, que se antoja ya insoportable, por inabarcable e imposible de controlar, para los que lo hicieron posible de origen. Ha crecido tanto que su sombra planea sobre el mismo Sánchez mientras Casado anda con el borrador de la Ley de Pandemias o recordándonos, no sin patetismo de colegial, que fue él quien la aupó. Que es él quien hizo posible que el milagro sucediera. Ella ha matado al padre (como tiene que ser), mira alto, va para arriba y tira con fuerza y rabia. Una fiereza que sabe moldear desde una debilidad profunda, y algo oscura, que se le intuye y que más de una vez deja ver incluyendo algún que otro pucherito. Es natural. Una tía normal en tiempos de políticos profesionales. Y no se corta. Conecta con el todo Madrid, que es el todo España, como hace tiempo que no enganchaba nadie en el lado diestro. Y lo hace de una forma transversal y a cualquier edad. Desde Chueca a Serrano, desde Villarejo de Salvanés a Fuenlabrada.
Me atrevería a decir, pese a todo lo que está ocurriendo a su alrededor, que va a salir muy reforzada de esta ratonera de los espías rompetechos, el hermano, las comisiones y las puñaladas traperas de los propios. Y siendo así quizá ya esté obligada a llevar su atrevimiento a un nuevo nivel. A lo mejor, y no tardando mucho, la veamos guiando al pueblo subida a los leones del Congreso y al más puro estilo Delacroix. Ojalá, y para que terminen de explotar las cabezas del todo, lo haga con una teta fuera. O las dos.