Un puñetazo de luz

«Quienes aman la vida no leen». Hirayama limpia váteres en Tokio con pasión, lee cada noche y no está tan harto del mundo.

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Un hombre en bicicleta por una callejuela de Tokio, con postes y cables, bajo una luz rasante que deja la calle entre sol y sombra
Callejuela de Tokio. Yin / Adobe Stock.

Michel Houellebecq dejó escrito en un viejo ensayo sobre Lovecraft que «quienes aman la vida no leen. Ni siquiera van al cine, en realidad. Digan lo que digan, el acceso al universo artístico es, más o menos, patrimonio exclusivo de quienes están un poco hartos del mundo». Parece una boutade inofensiva, propia de Houellebecq, pero si nos paramos a leerla muy despacio, masticándola de un lado al otro de la boca, saboreándola con calma, llegamos a detectar en ella distintas formas de odiar, distintas formas de despreciar la vida y, de paso, rebajar el hecho cultural a triste consuelo de inadaptados. Ese sabor umami y penetrante del desencanto profundo. El «un poco» del final aligera el peso de la frase, y parece que deja cierto agujero a la esperanza, pero la afirmación sitúa la literatura, y todo el arte en un sentido vasto del término, en una vía paralela, otra vía de tren, a la del amor inconsciente y despreocupado (todo amor lo es) de estar y sentirse pleno y vivo.

No me cuesta nada reconocer que me pongo del lado del amigo Michel, sin ser yo fumador como él ni tener semejante pelazo, y defiendo de la misma manera esta visión del arte como herida o rincón de pensar para sobrevivir e ir tirando con cierta dignidad, más que como un amanecer que ilumina, bañando de sol, tus días. El arte es así un diagnóstico de que algo no anda del todo bien: la herida y a la vez el betadine que la tiñe. Hay quien lee por deporte; quien mira el cuadro por turismo (aunque ya es el cuadro, asqueado, el que nos mira a los turistas); quien va al teatro en camarilla, como en pequeñas sectas secretas; quien compra libros por la belleza del objeto (qué bonitos son los libros y qué bien se está editando en estos últimos años). Pero si te pones de verdad, realmente en serio, tienes que admitir que leer bien y ver según qué cosas es de tener un poco tocada el ala, de que te patine la biela o andes con el cable bastante pelado. En fin, que es muy difícil eso que llaman felicidad y hay que buscar el bálsamo o pegarle a la botella de autores con los que identificarte. O, más bien, al revés: encontrarte y hacerte una personalidad —siempre novelada— a partir de gente que intuyes de tu cuerda. Como el que estudia psicología no tanto para llegar a ser psicólogo como para diagnosticarse él mismo.

Y entonces te tropiezas con la película Perfect Days, de Wim Wenders, y el golpe es serio: un puñetazo de luz.

Hirayama, un hombre de edad avanzada que vive solo, repite con precisión su rutina diaria. Se levanta al alba y riega, con delicadeza, sus plantitas para después dirigirse a limpiar baños públicos en Tokio, labor que hace con una dedicación y una profesionalidad extremas. Almuerza en un parque donde también fotografía árboles, y por la noche, antes de dormir, lee a Faulkner, a Patricia Highsmith o a Aya Kōda. Y al día siguiente exactamente la misma dinámica, salvo el fin de semana, cuando aprovecha para hacer la colada o llevar a revelar los carretes de su Olympus de bolsillo.

Todo ello rodeado de cintas de casete y un puñado de canciones que son, en sí mismas, una película complementaria. Impresiona cómo la banda sonora es un vehículo por el que se plasman las emociones, tan calladas, de Hirayama, que asoman apenas en un entrecerrar de ojos o una leve sonrisa. Sin prisa. La misma pausa y el mismo detenimiento que repite cada día, al salir de casa y mirar el cielo en un gesto de reconocimiento sutil ante tanta belleza regalada. Un ritual de gratitud y asombro.

Hirayama recopila momentos cotidianos como migas de pan con las que volver a casa. El primer sorbo de su café de lata o de su trago helado (merecido tras la jornada), la canción de la dueña del bar o los paseos en bicicleta desafiando al imponente Tokio. Grandes victorias con lo más pequeño. Lee mucho (sus libros forman buena parte del mobiliario) y tiene además un proyecto fotográfico personal, pero aquí el arte y la creación no nacen del hartazgo de Houellebecq. Es acercarse desde otro lugar. Desprovisto de ego, de intenciones, de interés, de trascendencia. Un complemento honesto, no un torpe parche con el que tapar carencias.

Hay vértigos y ansiedades: Hirayama también sufre dentro de su cápsula y lo muestra en los momentos con su familia (su sobrina, el encuentro con su hermana o la figura de su padre sobrevolándolo todo). Sin embargo, no solo no está harto del mundo, sino que lo ama con intensidad, asumiendo su dolor. Lo suyo es un sistema microscópico de fuerzas frente a lo irrepetible de la vida, frente a lo que no se deja atrapar. Un ejercicio de aceptación.

El cabrón de Houellebecq tiene razón, pero la grandeza de la película de Wenders es que crea una vía alternativa, un salvavidas posible para ir encajando piezas opuestas. Tal cual se ve en la secuencia final, con Hirayama al volante, en la que la sonrisa oculta la tristeza y esa tristeza, casi llanto, reaviva la felicidad. Como una nueva Gioconda que escamotea el sentir verdadero. Y Nina Simone, con su «Feeling Good», acuchillando la mañana.

Etiquetado#Artes y letras

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