El Nobel de Lobo Antunes
El Nobel es de mal gusto, es putearte la biografía, sobre todo si te lo conceden ya pidiendo la hora o directamente en el descuento. Lobo Antunes se fue sin él.

Cuando en marzo de este año me enteré de que había fallecido António Lobo Antunes sentí un puyazo afilado en el costado de esos que se te quedan dentro sin remisión. Como si se te hubiera muerto alguien cercano. Y eso que no lo he leído tanto como quisiera (debiera) para sentir de esa forma la ausencia. Resultaba raro, y lo sigue siendo meses después, que ya no existiera Lobo Antunes con ese mirar asimétrico y siempre el cigarrillo encendido o por encender.
No recuerdo muy bien cómo me tropecé con sus textos. Quizá fuera en el suplemento ABC Cultural, hace ya un montón de siglos, donde publicaron unas crónicas breves en una serie seguida de varios sábados. Ya ahí, en tan solo una página, se extendía el imaginario y la forma personalísima de mirar del escritor portugués, y una manera de acceder a su literatura por la puerta pequeña, por la ratonera, porque sus libros grandes no son nada fáciles. Exigen atención y un esfuerzo solo para valientes. A sus libros hay que ir muy arremangado, tanto para no perderte como para recoger asombros y hallazgos: la falta de puntuación, los diálogos interiores de los distintos personajes solapándose sin aviso alguno, las repeticiones que funcionan como surcos donde ir cavando hondo, y muchas veces, casi siempre, la muerte en distintas formas, planeando, amenazante, sobre sus criaturas. Incluso el portugués, para los que solo sabemos un mal castellano, se antoja el único idioma en el que se debería leer a Lobo Antunes: como buen miniaturista, vive del matiz y del detalle psicológico más pequeño, y eso difícilmente se traduce sin pérdida.
Todos los años era candidato al Premio Nobel, cómo no lo iba a ser si ya hasta los títulos de sus libros se lo merecían por sí solos. Dejo por aquí algunos ejemplos para que juzguen ustedes: Exhortación a los cocodrilos, Buenas tardes a las cosas de aquí abajo, El orden natural de las cosas. Viene con la poesía en la cubierta, pero es que los interiores, las tripas, son un compendio de la psique del mundo. Una naturaleza humana que conocía bien, desde su experiencia personal en la guerra de Angola, siendo un médico recién salido de la facultad, hasta los años en que ejerció de psiquiatra antes de dedicarse solo a escribir. La estrecha distancia entre la locura y la cordura, la cabeza y sus meandros, los distintos planos y pliegues de los sentimientos, del pensar constante, son de premio. Condecoraciones no le faltaron en vida, y tuvo un reconocimiento más que notable para tratarse de una literatura de las menos accesibles, pero se fue sin el regalo gordo del Nobel. Aunque intuyo, y creo habérselo leído en alguna entrevista, que se la sudaba bastante el reconocimiento de la Academia Sueca.
Cada octubre vivía con temor y esperaba a que pasara la concesión de la medallita sin que le tocara a mi amigo António. El egoísmo del que cree conocer algo a lo que el resto no llega, y que prefiere que no se popularice para que siga siendo solo suyo. El Nobel es de mal gusto, es putearte la biografía, sobre todo si te lo conceden ya pidiendo la hora o directamente en el descuento. Así le ha pasado este octubre a Anne Carson. Tiene setenta y seis años y párkinson, como ella misma contó el año pasado. Ahora pasea convertida en meme, con el gesto de recibir la noticia transformado en El grito de Munch. Cosas crueles de nuestro tiempo artificialmente inteligente. Lo raro es no verla también cantando en la entrada del Shoko como Bulin 47 o haciendo de Stromae en el vídeo del pianito. Los trends van muy rápido, se devoran a sí mismos, y Anne Carson queda lejana en la trituradora implacable de internet. Con Lobo Antunes eso que nos hemos ahorrado. No va a escribir nada nuevo, pero como a mí me van a faltar otoños para leer todo lo suyo publicado, lo mismo hago un exlibris con la carita de Alfred Nobel y voy marcando, uno a uno, como muescas en el revólver, lo que vaya cayendo hasta que las piedras se vuelvan más ligeras que el agua.