Animales de feria
Ahora que van a cerrar todos los zoológicos sorprende que todavía perdure la Feria del Libro ya que es puro espectáculo con animales en…
Ahora que van a cerrar todos los zoológicos sorprende que todavía perdure la Feria del Libro ya que es puro espectáculo con animales en cautividad. Linces novelescos, hipopótamos del ensayo, leones con el corazón hirsuto, serpientes de la poesía (especialmente las del nuevo género tuitero), delfines editoriales, libreros jirafa con las gafas colgonas de lecturas, varios unicornios y hasta garrapatas. Todo el animalario del abecedario encerrado en los cubículos y aguantando mucho el tirón y la sonrisilla mal disimulada. Jaulas, soluciones habitacionales con el ego constreñido, quesitos de un no tan metafórico monopoly. Puestos de feria donde ir a tirar cacahuetes con mala uva a ver si les sacamos algún ojo y recibir a cambio las monerías, el despiojarse los unos a los otros, la firma desganada o demasiado esforzada, el sudor, las imperfecciones humanas de ver a la gente muy cera y el tacto untuoso del A-U-T-O-R en mayúsculas. Ellos, que son almas asalvajadas y agrestes, solitarias y libres, cultivadas, pasando por el aro del toqueteo, las caricias y los selfis de la turba ansiosa de lecturas.
Tiene la Feria del Libro de Madrid mucho de popular como toda cultura que se quiera rentable, viable, y los autores son churreros dándole a la masa con el aceite hirviendo aunque no quieran. Zarajos y gallinejas entre raners, patines eléctricos y los patos reservando paseos en los cabifais del estanque. La industria de lo libresco estirada en cajas y con los escritores en su particular circo de pulgas dando graciosos saltos y elásticas y mundanas piruetas. Cómo se van a llevar la feria del Retiro al exilio del Campo de las Naciones si es como una vieja Casa de Fieras y de un tipismo mayor que los ingleses balompédicos invadiendo Sol o el sambódromo en cueros del Día del Orgullo. Aquí has perdido las elecciones y no en Vallecas, Carmena. Los modernos no te lo perdonarían jamás, Carmena, jamás.
Hace años que no voy a la Feria del Libro. Son varios los motivos: mi poca querencia a los sitios con mucha gente, lo persuasivo y definitivo del calorazo o de cualquier otro clima, el vivir en un pueblo a tomar por culo del centro y, entre otras cosas y de manera muy especial, un gran dolor de juventud. Realmente, no les voy a engañar a estas alturas, es esto último la razón verdadera. Por esa calle ancha flanqueada de chabolas tendidas en horizontal, como un pueblo gitano ordenado en letras, nos paseamos de la mano hace como tres mil años. Yo le había regalado un libro de fotografía con el famoso beso de Doisneau en la cubierta [ahora ya soy menos cursi pero bastante más viejo] y ella me hizo varias fotografías que no guardo. Lo que si me queda es el recuerdo rojo del incendio de su pelo en ese Retiro veinteañero (donde todavía era todo posible) y que no va a volver nunca. Me golpeo el pecho como el orangután alfa que debería haber sido y abro todas las jaulas. Fuera de aquí. A la mierda ya con tanto libro y tanta hostia. A cualquier otro sitio. A la rotonda de Valdebebas. No hay nada que hacer en La Feria. Me agarro a lo que puedo mientras pierdo el equilibrio. Lo sé. Soy consciente. Ya sólo queda esperar una nueva pasada de los aviones y caer.