Chanel, dos oreja y rabo
Era noche de clavel y se cortaba, como cuchillo en mantequilla, la excitación en los mentideros. Una de esas fechas señaladas que dan forma…
Era noche de clavel y se cortaba, como cuchillo en mantequilla, la excitación en los mentideros. Una de esas fechas señaladas que dan forma al devenir histórico de un arte, la educación sentimental de un país y la construcción de una identidad. Catorce de mayo de dos mil veintidós. Un día grabado a fuego en nuestras almas de aficionados. La reventa funcionando a tope para aquellos que criticaron, hasta llegar al acoso y el desprecio pacato, la elección eurovisiva de este año. El rojerío pequeñito, ese que reniega de su condición de español, bajando la testuz y comprando billetes de ultimísima hora para lo que se intuía como una faena memorable. De épocas mejores y quizá más felices. Y no era para menos porque después de varias temporadas de revolcones y ridículos seropoints se notaba un inopinado optimismo. Esa euforia por llegar. A las nueve en punto, con el permiso de La Pausini, todos sentíamos el bullebulle inquieto y algo ansioso previo a la grandeza que se presiente. La inquietud que anticipa verdad revelada. Señora y señore teníamos el doom, doom que nos hacía boom, boom delante de la tele. Estábamos ready para sufrir la embestida y convivir, por un par de minutos, con la auténtica bravura.
Al poco de iniciada la lidia, nuestros hermanos rumanos quisieron descerrajar el asunto con un “hola mi bebebé, llámame, llámame” verbenero que empezaba a espolvorear el embrujo de la españolidad sobre la arena arcoíris del coso turinés. Había trapío. Venía la cosa bien compuesta y con trazo. Eran los primeros compases y nuestra piel de toro se había infiltrado por todo el graderío con un flamenquito gayer alatinado con sus camisas de chorrera, su purpurina y su pantalón de cuero. Buen presagio de lo que, inevitablemente, sucedería después.
Salió Chanel con su cuadrilla, todos de Palomo Spain, en décima posición. Cinco por dos. Dos por cinco. Ya se sabe que no hay quinto malo y la superstición cuenta cuando toca provocar al milagro. La numerología venía también de nuestro lado. De negro azul noche, en un claro guiño al Talavante del viernes en Las Ventas, apareció la armada española en los medios de las tablas. A lo lejos se divisaba un horizonte cárdeno y amarillo que recortaba el decorado. Había llegado el momento de la verdad. 6 bravos 6. Chaquetilla corta con bordados, piernas en tiras y firmísima y poderosa la nalgada. Un culo en majestad como dos tetas bien puestas. Reina y dura. Un booty para siempre eterno. Potranca de nácar cubano y catalán. Estaba ahí la mami recién bajada del Bugatti, parando, templando, mandando y cargando la suerte de toda la vieja Europa que asistiría, atónita, al trallazo moreno de Chanel. Trompetas taurómacas, el abaniqueo hembra golpeándose el pecho, la bandera por capote y ese momento en el que se suelta la melenaza negra para endulzarnos la cara con el fruto de su mango tropical y caliente. Hypnotic total. Para mirarlo despacito. Watch it slow mo, mo, mo, mo, mo.
A partir de aquí, el declive absoluto, la decadencia, la tristeza, aunque ya mirábamos sin ver completamente desfondados después de la estampida chanelista. Toda una serie de bajonazos insufribles (quitando el cachondeo gitano de los moldavos y la cortina de cristal que le tapaba la cara al australiano), para ir dejando morir el tiempo y aterrizar en el momento de la verdad y la espada de las votaciones. Aparecieron, al volapié, varios doce seguidos y hasta los más puristas del siete se tentaban el bolsillo para ir sacando el pañuelo. El escalafón dice que fuimos terceros aunque todos sabemos que no es tan así, — cosas de los apoderaos de la política —, y Chanel se viene de Italia aplastando la Puerta Grande de nuestros corazones con las dos orejas del ucraniano en una mano y el rabo del inglés en la otra.