Federer a moco tendido

Si a David Foster Wallace le diese por resucitar y se topa con Roger Federer a lágrima viva y dando jondos jipíos de la manito de Rafael…

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Federer a moco tendido
Llorera Grand Slam

Si a David Foster Wallace le diese por resucitar y se topa con Roger Federer a lágrima viva y dando jondos jipíos de la manito de Rafael Nadal Parera lo mismo se mata otra vez de la impresión. Vaya estampa la de dos estrellas intergalácticas aplastadas en las sillas y como si no les quedase más misión en el mundo que echar de comer a las palomas, visitar obras o dedicarse a hacer punto sentadas al fresco. Fijo. Segurísimo. Ni cotiza que Foster Wallace se vuelve al otro barrio gustosamente del alipori. «Una criatura cuyo cuerpo es al mismo tiempo carne y, de alguna manera, luz». Así definía el de New York al suizo en su texto Federer, en cuerpo y en lo otro y que es todo un canto enamorado a su figura y a su presencia alada dentro de esta gran pelota terrestre sobre la que nos arrastramos. Y eso que está escrito hace dieciséis años. «La genialidad no se puede replicar. La inspiración, sin embargo, es contagiosa y multiforme; y el mero hecho de presenciar de cerca cómo la potencia y la agresividad se hacen vulnerables a la belleza equivale a sentirse inspirado y (de una forma fugaz y mortal) reconciliado». Amor del duro. Set y partido para Foster Wallace.

La corporeidad de lo incorpóreo hecho tenis. Los distintos estados de la materia mutando en cuerpo de tenista para buscar y devolver la bola al otro lado de la pista. Y sin despeinarse ni tirarse pellizquitos del calzoncillo. Deporte si ustedes quieren aunque es también una forma de restar a la vida. Carne, luz y ahora, insospechadamente, un llanto a chorro vivo. Compuertas abiertas. El grifo a todo trapo, la bañera rebosando y la llave de paso rota. Inconsolable. Todo un Orinoco con lágrimas como raquetas. Un plañir, a moco tendido, que se antoja demasiado para la vista. Excesivo. Incómodo. Obsceno. Mundano. Vulgar. Me atrevería a decir que violento. Vamos allá, Roger, corazón, que eres el jodido Federer. Si hasta la palabra elegancia tiene como nueva acepción tu nombre. A las despedidas, sobre todo a las propias, se viene uno llorado de casa.

Alguno me dirá que exagero mucho y no pocos estarán ya llenándose de razones para venderte la chatarra averiada de la nueva masculinidad y el chalaneo tóxico de lo sensible. La blandenguería deportiva de más alto nivel como metáfora para dar nuevas lecciones de lo que debe ser un hombre. De lo que tiene que ser un hombre. Todo quisqui justificando un llanto injustificable. No es la primera vez que llora en público pero sí es muy significativa por quedar enmarcada en su retiro final y tiene mucho de símbolo ya que es su última imagen como deportista profesional. Los habrá que argumenten que es un llanto de felicidad pleno por una vida deportiva intachable pero no puedo evitar la sensación de mácula, de manchurrón de ketchup sobre el polo blanquísimo. Tiene algo de patético por lo exagerado y deja en las imágenes un efecto de duda. Una especie de mal presentimiento, pasado o futuro, incomprensible e injusto. Casi un recordatorio y una advertencia dirigida a los que asistimos — no sin asombro— al pluvioso espectáculo. Una emoción terminal rara (justo todo lo contrario a lo que bulle en las páginas de Foster Wallace), que desasosiega para los que no hemos cogido una raqueta en la vida, Hulio. Para los que necesitamos de la excepcionalidad vital de otros para subir a la red y remontar algún set, aunque sea al menos un punto, antes de que termine el partido. Vamos, Feder, no me jodas. Un poco mucho el tema. Demasiado mortal para un dios que ha sido tan héroe.