Anson Vs Gistau
Si yo fuera estudiante de periodismo (he abandonado tres carreras universitarias pero todavía estoy a tiempo de abandonar una cuarta)…
Si yo fuera estudiante de periodismo (he abandonado tres carreras universitarias pero todavía estoy a tiempo de abandonar una cuarta) leería todo lo que pudiera a Luis María Anson porque es uno de los iconos vivos de esa antigualla llamada periódico. Maestro que sigue escribiendo entre dos siglos y con la facilidad del que tiene las letras por castigo. Uno de esos hombres que van mucho al baño porque les empuja la próstata de la sintaxis. Hay otros señores mayores que todas las mañanas van a pasear al perrito, o el perrito a pasearlos a ellos. Luis María Anson pasea adjetivos. Canela fina.
Nuestros millennials se pasan los findes haciendo nesting con otras narrativas —ahora las series son también narrativas— pero creo que no tienen a Luis María Anson entre sus referentes y sus estampitas de santos y hacen mal. En Luis María Anson está todo o casi todo: del castellano más enmaderado y arborescente a la vanguardia sintética o el lirismo arrebolado. Un género periodístico en sí mismo que lo mismo te escribe de Su Majestad El Rey de España que de Angélica Liddell chupando un pomo. Y sin perder ese academicismo esteticista —algo impostado en algunos momentos para el parecer analfabeto de uno que ha abandonado tres carreras universitarias— que crea, sienta y asienta cátedra. Háganse un favor, y lean a LMA. Eso sí, con el diccionario cerca (el antiguo Google) porque les va a hacer falta. Y no monten dramas por ello, esto del diccionario es precisamente la grandeza de leer a Don Luis María.
Escritura combustible. Si es verdad eso de que el elogio debilita deben estar temblándole las canillas a David Gistau desde que LMA escribiera sobre él que «no solo es un formidable escritor. Es un novelista que arde». Los piropos que vienen con el puño cargado de epíteto es mejor recibirlos con la guardia alta, la humildad entrenada, y sin perder nunca de vista la esquina por si hay que buscar la toalla para abandonar antes de que te dejen grogui del todo o sonado para los restos. Fue recientemente en EL CULTURAL y a propósito de la novela Golpes bajos. Uno intuye que David Gistau utiliza la grandeza como saco de entreno y que lo de la gloria y lo de arder como una zarza en El Parnaso de nuestros escritores patrios no entra dentro de sus prioridades por lo que es fácil imaginárselo envolviéndoles los bocadillos a sus hijos con la página de la reseña. Lo normal, lo que haría yo, sería llevarla a Cristalerías Chamberí para que le pusieran un marco de esos de los caros y con mucho pan de oro.
Ha contado DG que ha terminado de escribir Golpes bajos en la cafetería de El Corte Inglés pidiéndole permiso, o así, a su esposa. La cafetería de El Corte Inglés, el Café Gijón 2.0. Quiere que nos lo imaginemos con iPad en bandolera tomándose su capuchino —el güisqui 2.0— y con el dedo meñique de marqués muy tieso mientras sujeta la taza. Y nos lo creemos. Miente pero te lo crees. Es esta distancia normal, esa forma de volar como una mariposa para clavarte el aguijón de sus textos con metáforas que te hacen saltar los dientes, lo que nos gusta de David Gistau. Te crees a David Gistau. No basta con ser buen escritor, no es suficiente con saber pelear bien, hay que transmitir una verdad aunque sea una verdad siempre falsa. Y yo creo que esto es lo mejor de Golpes Bajos. Hay otros escritores de su generación, incluso algún cachorro nacido a sus pechos, a los que sin embargo se les ve el cartón. Son calvos de tanta melena. DG echa un pasito atrás como si realmente lo de escribir no fuera su oficio o fuera algo temporal, pasajero, complementario, secundario. Ni vital, ni mortal. Distancia, ya digo. Medida. Pegada. David. Gistau.
Y si quieren saber más, lean el libro o la crítica de Luis María Anson que en el primer párrafo lo resume para la eternidad: «La adjetivación, exacta; la metáfora, enervada; la sintaxis, fracturada; el diálogo, sin sosiego; la escritura, entristecida y turbia; la fabulación, de vanguardia; la arquitectura literaria, cristal y acero». Y puñetazos vienen y puñetazos van. Va a ser verdad eso de que el elogio debilita.