Bajar el valle buscando caminos
THE VALLEY OF ASTHONISHMENT (EL VALLE DEL ASOMBRO). 26 de octubre de 2014. Teatros del Canal. Madrid.
The Valley of Atonishment (El Valle del Asombro). Directores: Peter Brook y Marie-Hélène Estienne. Festival de Otoño a Primavera de la Comunidad de Madrid. 26 de octubre de 2014. Teatros del Canal. Sala Roja.
«No paseo por el jardín para ver las flores, busco caminos» recita en algún momento de la obra el actor Jared McNeill. Buscar caminos.

Lees a Peter Brook en su espacio vacío* y lo que encuentras entre las entrañas de esa disección anatómica a la rana del teatro (mortal, sagrado, tosco e inmediato) es un impulso, un ánimo, un ejercicio literario que trasciende lo escénico para convertirse en un texto realmente inspirador. «Teatro sagrado, pero podría llamarse teatro de lo invisible-hecho-visible: el concepto de que el escenario es un lugar donde puede aparecer lo invisible ha hecho presa en nuestros pensamientos». El ritual de lo sagrado para desatornillarle lo visible a lo invisible vale para cualquier escena que representas (tanto para los demás como para ti mismo). Es un ideal, una fuerza a la que tenerle la suficiente fe. Levantarte y decirle al desconocido director de escena del espejo que hoy harás visible lo invisible con toda la energía que puedas en un esfuerzo físico y mental descarnado. Cueste lo que cueste; disciplina, orden, sacrificios y alguna que otra automutilación. Y sin embargo, «hemos de aceptar que nunca podemos ver todo lo invisible. Aun tras hacer un esfuerzo en esa dirección, tenemos que afrontar la derrota, caer e iniciar de nuevo la marcha». Qué jodío, el Sr. Peter Brook, no sólo nos pide el descubrimiento, la concreción física de lo intangible a los actores que somos, sino que nos dice que eso mismo no es, nunca, del todo posible y a pesar de ello hay que tener la suficiente militancia. Compro. Es auténtico, puro, elevado.
«No paseo por el jardín para ver las flores, busco caminos». Varios son los caminos que cruzan, con sus curvas, el Valle del Asombro. La música hecha colores y cuadros, una nada palpable con forma de nube, existencias minúsculas como patas de hormiga o gotas de lluvia, un gato ciego, el minúsculo fénix que nace de las cenizas de un fénix muerto, Uma Thurman, el happening del Magic Show con su Salvador Salvado y su espontáneo mascando chicle, el enfermo que llega a recuperar la movilidad de su cuerpo con el poder de la vista, nombres anaranjados, números invadiendo pizarras mentales, calles atestadas de palabras, una vuelta constante a la casa familiar, una canción de cuna, varias sillas y un perchero, tres actores desdoblándose y dos músicos multiplicándolos. Todo un mecanismo de precisión milimetrado lleno de registros y matices. Un valle envuelto en distintas capas. Quizá demasiadas capas. Muchísimo valle y no tanto asombro. Uno esperaba quedar lanceado en la butaca al encontrar esa escenificación de lo puramente sagrado, ese rito total, esa «señal a través de las llamas» a la que hace mención Peter Brook parafraseando a Artaud y tampoco acabas de sentirlo o no sabes sentirlo o no has aprendido a sentirlo. Imágenes bellas en los momentos del monólogo de McNeill donde la poesía toma el mayor de los protagonismos pero gran parte de la obra es ligera o muy ligera y no terminas de identificarte con el dolor existencial y el drama de esa mujer presa de su memoria. Ese drama, si llega en algún momento a ser auténtico drama, termina siendo menor, edulcorado, en beneficio de la parte más cómica, más amable. La cosa roja de las risas.
Ese es el regusto que queda. No me atrevería a calificar la obra entre esa distinción que hace Brook de lo mortal, lo sagrado y lo tosco. Quizá tenga un poco de todo. La sensación última es que no se ha querido cargar las tintas ni golpear con una memoria brutal y despiadada que devore sin compasión a su protagonista. No llevarla al límite y darle los suficientes resquicios, no atizarla, no ser cruel con ella. No llevarnos tampoco al límite como espectadores, no incomodarnos demasiado e ir dejándonos respirar alegremente. «Sabemos que el mundo de la apariencia es una corteza: bajo la corteza se encuentra la materia en ebullición que vemos si nos acercamos a un volcán». El Valle del Asombro es un volcancito menor porque no se ha querido avivar las llamas, golpear con la lava incandescente, abrasar de dudas a los personajes. Se intuyen las dudas, se muestra la desazón y el miedo en varios momentos (las reticencias de los científicos ante su ciencia, la ironía del discapacitado) pero se ha sido benevolente y no sé si hay que agradecerlo o ponerlo en la lista del debe.

«No paseo por el jardín para ver las flores, busco caminos». Leer El espacio vacío de Peter Brook es leer muchísimos y poderosísimos caminos. Es leer a Shakespeare, Esquilo, Chejov, Brecht y su concepto de la alienación, Artaud o Beckett. Es leer sobre el Teatro de la Crueldad (no puede haber mejor nombre) o un tal Grotowski y su apología de la pobreza. Leer a Peter Brook es leer muchas cosas y todas ellas llenas de significado y profundidad. Quizá por eso se espera más cuando pasas de la página al cuadrilátero del teatro, ese cuadrilátero con sus sillitas de madera. Intensidad, abismos, alambres, rituales, chamanes, vudú, tambores, sacrificios y altares. El Valle del Asombro, en ese supuesto viaje por el cerebro, no llega a provocar esos estímulos o quizá sí y no sé filtrarlos de igual forma que en el texto escrito ya que los códigos son otros y los desconozco. Pero este es ya otro debate, el de la mente de cada cual como lector y la manera de apropiarse, o corromperse, de las metáforas de otro, de hacer tus propias sinestesias de palabras impresas. El de ver «una dimánica puñalada» escrito en el texto de Brook y pulirle el filo a la navaja, sacarle brillo a la empuñadura, darle cualidades más punzantes de lo que tienen tres simples palabras e ir buscando huecos para horadar nuevos viejos vacíos.
*El espacio vacío. Peter Brook. Editorial Península. Enero 2014.