Banksy en Oporto
Escribió David Foster Wallace en su deliciosa novela Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer que padecía de boviscopofia…
Escribió David Foster Wallace en su deliciosa novela Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer que padecía de boviscopofia [abre nota al pie de página, como no podía ser de otra manera, para contarte que es «el miedo mórbido a ser visto como un ser bovino»]. «Una motivación todavía más fuerte que la semiagorafobia para quedarme en el barco cuando estamos en puerto» ya que «hay algo ineludiblemente bovino en un turista americano avanzando como parte de un grupo». Cruceros, turistas y vacas o vacas turistas rumiando un ocio que sabe a muerte en las manos de ese taxidermista de las emociones que es DFW. Diseca a los hombres y a él mismo y nos devuelve figuras perfectas con muecas entre la carcajada y el horror abisal que respira, muy atento, por la herida insoportable de lo cotidiano. «La Sonrisa Profesional, una pandemia nacional en la industria de los servicios» «¿Soy el único consumidor en quien dosis elevadas de esa sonrisa producen desesperación?». Menos mal que se mató antes de conocer las cositas de Mr. Wonderful. Leer a Foster Wallace durante esa semana de crucero en la que se desarrolla su novela inquieta bastante por el humor corrosivo y desecantado de la novela y porque te descojonas reconociéndote en demasiadas cosas. Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer es incompatible con irse de vacaciones al uso si es que «las vacaciones» y «al uso» no es una frase contradictoria en sí misma y terriblemente boviscopófica.
Estaba yo en Oporto disfrutando de unas merecidísimas vacaciones al uso cuando leí la noticia sobre el parque temático que ha montado Banksy. Dismaland es una parodia ácida sobre Disneylandia; un sitio en el que ya se agolpan a sus puertas, y en montonera, los yuccies con las bicicletas de sus tatarabuelos y comiéndose unos a otros como unos zombis ansiosos de cosmopolitismo extremo. Banksy es su pastor. Tiene el grafitero algo de un fosterwallace con spray pero al ser un artista plástico y no un escritor sus mensajes son más directos y simbólicos y por tanto más susceptibles de convertirse en iconos fácilmente reproducibles y transformables en parodias de manera mucho más rápida. Banksy, más listo que los ratones coloraos que pinta, vive también con sus contradicciones; incoherencias que le van a terminar convirtiendo en un Mr. Wonderful invertido, un travestido de eso tan grandilocuente a lo que llaman El Compromiso. Hace unos meses me contaban que hay gente que tiene vinilos impresos con los dibujos de Banksy en el baño de sus casas. Ir a cagar con el iPhone en la mano y con un banksy chungo pegado en los azulejos y haciéndote compañía. Todo un dismaland doméstico, patético, triste y más cercano a Pluto y al Tío Gilito que al anarquismo punk.
A lo que íbamos, estaba yo en Oporto dándole vueltas en la cabeza al parque de Banksy mientras buscaba una famosa librería que hay que visitar obligatoriamente ya que el viajero no tiene opción a no visitar lo que hay que visitar por cojones cuando se va de vacaciones al uso. La librería es famosa porque se han inspirado o han grabado allí Juego de Tronos o alguna de esas series de televisión por cable lumpenproletario y que tanto gustan al Sr. Pablo Iglesias y a Don Manuel Jabois. El caso es que se te queda cara de ratón Mickey cuando al llegar a la puerta del local hay una cola kilométrica para sacar la entrada (3 leuros 3) y después una segunda cola para acceder al sitio previo permiso de dos gorilas que más que una librería parecen que están guardando la puerta del Pachá. Otro dismaland, este libresco, con altísimos índices de boviscopofia. Coño, que es una librería, ¡UNA LIBRERÍA! Ni que estuviera Iker Casillas firmando salidas por alto. Menos mal que la gente aguantaba absorta y muy concentrada en la lectura de sus kindles de lo contrario no sé yo si no se armaría un pitote a la portuguesa, con sus claveles y todo eso, por la larga espera para poder visitar el lugar sacrosanto. Salí corriendo sin echar la vista atrás no sin antes tropezarme con más de un mugido y sintiendo los sudores fríos típicos del miedo al contagio boviscopófico hasta que llegué al hotel y me hice fuerte en el baño. Todo estaba en orden. En el reflejo del espejo una vaca pasiega de grandes tetas se lavaba los dientes y se ponía la férula en la mandíbula superior con el sabido ritual cotidiano y preparándose para intentar dormir el bruxismo del día.
Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. David Foster Wallace. Editorial Debolsillo. Primera edición, 2003.