Blanco y en botella

Ante determinadas situaciones en las cuales solo es válido elegir una opción de dos posibles, siempre hay gente que encuentra una tercera…

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Blanco y en botella
Blanco y en botella. Leche.

Ante determinadas situaciones en las cuales solo es válido elegir una opción de dos posibles, siempre hay gente que encuentra una tercera alternativa que además es mejor, más razonada, elevada y cívica (dónde va a parar). Un camino distinto, otra forma de hacer las cosas, que te permita no tener que identificarte del todo con ninguno de los bandos. O siendo más exactos, que sirva para no mezclarte muy concretamente con una de las partes.

Blanco y en botella. Lo de manifestarse de blanco va de esto. De no aparecer en la foto con banderas de España. Un exilio intelectual cargado de razón y razones. Mediador. Democrático. Moderno. Justo. Urbano. Feliz. Ir de blanco es no ser caspa aunque el color coincida. Parlar es la etiqueta para mover el asunto pero lo importante es separarse de las banderas y el Caraalsol (el Caraalsol que no falte). Putos fachas.

Hay colitis y mucho reparto de dodotis, siguiendo con lo blanco, entre ciertas mentes pensantes de la blancura —y no hablo de las personas de base porque, como ya hemos visto en el 15M, las buenas intenciones es lo primero que instrumentalizan—. En poco más de una semana una ardilla puede cruzar España, de los Pirineos a Canarias, saltando de bandera española en bandera española. Y con esto no contaban. ¡Coño, pues si que hay españoles! ¡Sorpresa, sorpresa! Resulta muy interesante observar que los mismos que pastorean con los sentimientos, la violencia y los asaltos a los cielos cuando asoma un sentir patriótico legítimo se van a buscar consuelo a la socorrida razón. Eh, tranqui tronqui, vamos a hablar.

Este también, como todos, es un enfrentamiento publicitario y de símbolos. La regeneración de nuestra vieja piel de toro —los fachas siempre metemos alguna cosita taurina— pasa porque entendamos que por identificarte con E-S-P-A-Ñ-A, así, con todas sus letras y todas sus complejidades no es ser menos que, por ejemplo, un politólogo. Incluso me atrevería a decir que los que pronunciamos la palabra España podemos llegar a ser buenas personas. No hablo por mí, pero alguno habrá. Quítense el complejo si es que todavía sienten alguno, ténganlo claro y obvien esa blancura interesada de los meapoquitos y meapoquitas. Aquellas y aquellos que cuando solo hay dos opciones para elegir inventan una tercera patria y la llenan de lugares comunes. Cobardía se llama el país.