Bombón España Cuqui

Yo quería llamar España a la gata.

Share
Bombón España Cuqui

Yo quería llamar España a la gata. «Está España malita», «hay que llevar a España al veterinario», «mira a España bebiéndose la leche» y cosas así. Pero la paternidad, tal y como la entiendo, es malcriar a los hijos y pasarte de bueno. Que los muy cabrones solo puedan echarte en cara que los has mimado demasiado. Esforzarte, sacrificarte, haberlo dado todo. Morirte tranquilo por ese lado. Se llama Bombón por mandato de mi hija. España de segundo y Cuqui de tercero. Bombón España Cuqui. Toda la aristocracia encima, el nombre como corona, que tienen que tener las gatas plebeyas.

Son las tres de la mañana y aquí estamos, desde hace ya un par de horas y como estas tres últimas noches, dando vueltas por la casa. Intento calmarla y al menos estar con ella mientras busca y se refriega, con mucha clase eso sí, en cualquier esquina. Bombón lleva unos días que no atiende a razones o a más razón que el cuerpo. Al instinto. Unas noches en las que vamos buscando sombras de gatos guapos, (a los gatos feos ni nos arrimamos), por las distintas habitaciones del piso. Nuestro Serengueti doméstico y secretísimo. Se tuerce, se retuerce, se estira, se lame, levanta la cola como una reina de barrio despreciando a la suegra y maúlla con desesperación. Con dolor casi flamenco para ser tan gata y con lástima jonda. Jondísima. Joder, cómo le pega, macho. Maaaaaaaáaaaúúúuuuu. Maaaaaaaáaaaúúúuuuu.

Es pequeñita, ya nos ha dicho la veterinaria que no va a crecer más, por lo que el maullido se agiganta en ese cuerpo de tigresa mínima entre gris y parda. Nunca la había visto quejarse así, siempre ovillada a uno pero tranquila y pasando felinamente de todo, y te angustias. Quién lo iba a decir. No quería gata ni a tiros (volvemos a lo de la pedagogía de más arriba) y aquí estoy viendo cómo podemos pasar el celo juntos, de la mejor manera posible, con el menor sufrimiento y la mayor decencia. Escondiendo la incomodidad. Ella con bastante más valor, para qué lo voy a negar. Vamos, lo que es pasar el celo casi como metáfora de vivir. Y es esto último, las formas de vivir o sobrevivir, lo que de una manera algo obsesiva me viene a la cabeza cuando en unos días la operen para evitar más episodios. Todo son ventajas y razones médicas porque al fin y al cabo no deja de ser una mascota dentro de la cárcel del piso, un peluche con vida. Pero hay algo que no termina de encajarme. Algo medio injusto, caprichoso. Quién soy yo para humanizar a la gata, ridiculizar a la gata, robotizar a la gata, ponerle nombre a la gata. Qué vacío, vacíos, vienen a llenar los ojos de la/mi gata. Por qué me duele tanto la gata. Por qué coño quiero así a la gata.

Y de repente se toma una tregua, se acurruca encima de la cama y se duerme con las patas delanteras entre la cara (fíjense en lo acolchado que pueden llegar a ser unas garras) y te quedas como un gilipollas mirándola un buen rato. Empiezas a pensar que quizá, aunque es una certeza, soy ya el gato castrado, doméstico y gordo del lince que podía haber sido. Que lo que queda es el pienso, confiar que la Renta te salga a cobrar y esas alegrías tristes e hiperbólicas como de penalti dudosillo en el último minuto.

Se despierta la gata, se lame, me mira como diciendo qué va a hacer conmigo y se vuelve a dormir. Creo que en el fondo yo también le gusto un poco.