Débil mental
Pocos son los que tienen el don de pintarte la cara —y la biografía— en dos palabras. De simplificarte la hombría a un par de rebanadas…
Pocos son los que tienen el don de pintarte la cara —y la biografía— con dos palabras. De simplificar la hombría a un par de rebanadas con naturalidad de humilde matarife. Después de esparcidos, es imposible volver a meter los órganos dentro y ya va uno desviscerado de por vida y con un boquete inmenso en el cuerpo. El ser fuera, y preso, en la descripción de otro. Opinar opinamos todos, lo difícil es describir. Y atinar. Y matar en la definición. Queriéndolo, por supuesto, pero sin que se note y sin quitarse la boina.
José Pla, cuando conoció a Juan Miró, —el cual era muy de pedir café con leche—, ya lo cazó para los restos con un “débil mental”. Vean qué manera más elegante de partirle el alma artística [valga el pleonasmo]. Qué mala uva más fina para desmembrarlo sin mucha necesidad de surrealismos, subsconscientes ni alambiques abstractos. Debilidad y mental. Flojera y ausencia de músculo tanto para el razonamiento como para la constancia necesaria. Flacidez, vagancia, cobardía, pobreza de espíritu, dejadez, ausencia de carácter, de talento. Cafelito con leche, en suma. Insulto mágico, polisémico, que te invalida para casi cualquier actividad práctica de la vida por lo que no hablemos ya de las artísticas. Ser un débil mental es ser un poco planta, acelga; estar vivo pero de aquella manera. Para la fotosíntesis, los rayajos y las bolas de colores al tun tun, y poquito más.
Hasta el 12 de enero de 2020 hay una muestra en la Fundación MAPFRE de Madrid sobre Boldini y la pintura española a finales del siglo XIX que contrasta con la exposición permanente que tienen de Juan Miró. Prueben a ver lo de Boldini primero y después pasen a la otra sala, así, de sopetón, para sentir la bofetada estética y las exigencias del mercado y del mercadeo. Acabas miope. Si van, y aunque no entren a lo de Miró [no fuercen], no dejen de ver un Fortuny sobre una corrida de toros donde acaba de producirse la cogida de un picador. Negrura, libertad, expresividad, drama, muerte, torería y una verdad entre el impresionismo y lo abstracto que condensa esa fuerza a la que hay que aspirar. Una vitalidad a esmerilar, a enraizar dentro, para camuflar los miedos y las debilidades no vaya a ser que venga uno de Palafrugell a embotellártelos en dos términos.
Bajo por Recoletos y en Madrid se respira una cosa entre olor a turista, libro de viejo, obras y exhumaciones electoralistas. De todo esto me he dado cuenta después, caminando ya solo (un alumno tonto sin maestro), y mientras me entraban las dudas y el tembleque. Y pienso en Pla, en Miró, y en la debilidad como temor demasiado conocido. Parece que la definición, “débil mental”, “débil mental”, “débil mental”, fuera para uno y que no es casualidad tropezarse con ella en una tarde de un otoño que no termina de venir. Y no he llegado a Cibeles cuando me niego. Qué coño, qué cojones. Puerta grande o enfermería. Agárrame Fortuny, que allá vamos. Desde mañana, sólo café expreso.