Diarios. Arcadi Espada.
«Hace años que no miro la televisión por hastío y para emplear mi tiempo en otros asuntos más felices». Así reniega Arcadi Espada de la…
«Hace años que no miro la televisión por hastío y para emplear mi tiempo en otros asuntos más felices». Así reniega Arcadi Espada de lo televisivo en el mes de marzo de sus Diarios*. Mucho debe haber cambiado el medio para bien si podemos verle pasear melena, esa melena de leona en celo, toda esa melena trending topic, por las televisiones de los mediodías. Las mismas televisiones que igual te convierten en tridimensional el daguerrotipo del columnista que te cocinan, al rato, unas alubias con su chorizo. Sorprende que no se reinvente el género, los géneros, y no veamos ya a los masterchefs de nuestras letras periodísticas picando todo muy finito y removiendo la olla a la par que cuentan algún chiste de vascos, catalanes o políticos con coleta. El pelo, otra vez el pelo.
Inquieta esta incongruencia del señor Arcadi Espada. En otro momento del libro subraya «que lo que sucede en la televisión con los estúpidos es muy inquietante. La estupidez absoluta, cuadrada, esencial, provoca un atractivo inexorable en la televisión». Cómo no tiene miedo al roce, a la mezcla o a mancharse con un guante cuando se quite el traje protector al salir, muy apresurado, del plató. Ciertamente, resulta rara esta ironía ya que lo que te encuentras en los Diarios es de una solidez brutal, musculada, nervuda, tan agresiva mientras despelleja al conejo del periodismo y nos muestra buena parte de sus vísceras y su imposibilidad que cualquier disonancia se antoja extraña. Si «los medios no muestran hombres, sino siluetas» cómo puede uno participar de la merma siendo la silueta televisiva de tu ya silueta periodística. Doble combo.

El libro es imprescindible para cualquiera que haya abierto o vaya a abrir el objeto, cada vez más extraño, llamado periódico (¿una edición digital, sin esa concreción física, es un periódico?). Es el año 2001 y si bien hay comentarios sobre los medios en un sentido más global es un libro sobre el periódico impreso. El mismo al que nos agarramos un 12 de septiembre para tener «una prueba caliente, tangible» de que el repiqueteo agudo de las imágenes, ese taladrar incesante de aviones, había sido cierto. El papel como gramaje de lo virtual. Arcadi Espada deshuesa, afilado, el periódico; desde las versales de los titulares al pie de foto y los créditos de las fotografías hasta los blancos, la ausencia de escritura. Unos blancos donde hay toda una segunda lectura que casi se antoja como primera. Desde la definición ideal del periodismo como una mutación verbal de los hechos en palabras, algo que parece tan obvio y resulta tan difícil, hasta los conceptos del fast truth, el make sense o el tropo del eufemismo en el que se convierte lo periodístico: «todo el periodismo puede interpretarse como una atenuación de la realidad». Desde mostrarnos el tablero del MONOPOLY que es la «superficie mediática» con sus porciones, sus quesitos, y sus «agentes de la propaganda» hasta esa absoluta certeza de que «el mal no soporta el foco».
El mal no soporta el foco. La frase que puede resumir todo el libro y que debería estar pegada a fuego, con un post-it, en todos los ordenadores de cualquier redacción. El análisis que construye Arcadi Espada sobre la importancia de mostrar lo malvado, la violencia cruda, es absolutamente brillante. Es un mal al que se le afeitan los cuernos ante un uso indebido, la mayoría de la veces intencionado, de las palabras; pero también con el tratamiento incorrecto de la imagen, las imágenes. «Los cadáveres son necesarios en los periódicos. Es necesario el gesto de apartar la vista de ellos, el disgusto. Son necesarios si los periódicos aspiran a tener algo que ver con la vida». Son varios los ejemplos que utiliza de distintas fotografías, ya célebres, y a las que desmonta con absoluta mano firme y auténticos varazos.
En esta búsqueda por la precisión de las imágenes y las palabras pegadas a los hechos, en la verdad frente a lo simbólico, lo metafórico, le atiza también a la parte más literaria, o poética, agazapada en los periódicos. No sólo «a la verdad poética» que ya es todo un oxímoron en sí mismo sino también a lo que hay de poético, de entretenimiento literario, en lo periodístico. Y destaca, por su brutalidad, la mención que hace a Francisco Umbral a propósito de una frase de éste sobre los atentados de Las Torres. El día 14 de septiembre escribe Espada: «Umbral, un escritor español. «Nueva York es la doncella que iba a florecer sus pechos cuando cayó transida por la ráfaga turbia de Occidente». El pobre hombre». Tres sencillas palabras para demostrar el mayor de los desprecios (el-pobre-hombre). No es «pobre hombre» a secas, que haría mención a la frase en concreto, a esa frase exacta, es «el pobre hombre». «El» determinando a ese pobre hombre que pasa a ser Umbral a vista de Espada, pero no un Umbral puntual, no al Umbral de la frase sacada de contexto. No, a todo el Umbral periodístico, a todo el Umbral que se ha escrito y reescrito en periódicos. Tres palabras sobre todo lo escrito por Umbral. El pobre hombre. Un desgraciado, un lírico. Una animadversión seca, sintética, que sorprende por cruel, por gratuita. «No importa la magnitud de la majadería, importan las comillas. El entrecomillado radiofónico, televisivo o textual es el sostén del periodismo moderno». Espada entrecomilla a Umbral en una frase y lo humilla, lo destripa con saña de mujer despechada. El pobre hombre.
Indago como un loco, los cuatro clics reglamentarios en Google, sobre esta animadversión umbraliana de Espada y me tropiezo con la columna que le dedicó a la muerte de Umbral cinco años después de esta nota en sus Diarios. No se le ve tan valiente con el muerto caliente y se marca un obituario tibio y cobardón. Qué pena que no se acordara aquel día de aquella doncella transida por Occidente. O a lo mejor se acordó pero no le echó los suficiente huevos. La cocina, otra vez la cocina. Cosifica Espada a Umbral y lo entierra en el ataúd erecto de su columna. Columnista antes que escritor o poeta y deja que sea el tiempo, el estudio y la buena fe el que le de un sitio a Umbral: «Él fue columna antes que columnista, antes que escritor o que poeta. El último escritor/personaje del periodismo español. La hora de su muerte no debe añadir misterio ni redención a su estilo. Era el tipo de hombre que va echando palabras como si la columna fuese una ruleta y que, pacientemente, va comprobando los efectos. Así lo hacen tantos poetas. A diferencia de la mayoría de ellos, sin embargo, Umbral no trabajaba con los riachuelos de la vida, que es el morir, sino con las grasientas tuberías de la actualidad. Confiaba que al menos una vez por párrafo se produjera aquel incendio de sentido que Michel Leiris advertía en el choque más o menos fortuito de las palabras. A veces se producía. Los años, el tiempo, el estudio y la buena fe establecerán si fue un ser de lejanías o un tren de cercanías». Él ya lo había fusilado cinco años antes con su «el pobre hombre».
Umbral era muy de hacerse una melena, construirse una cabeza. De ser escritor, escritura en vertical, desde la raíz del pelo. Una de esas cosas simbólicas que van desde la literatura a lo físico, al cuerpo de cada uno, por la sangre de las letras. Ahora se nos aparece Espada haciéndose un Umbral, armándose una cabeza y enfatizando su personaje, entrecomillándose en pelo. Todo poesía, pura estética. Un rimbaud sexagenario. El pelo, siempre el pelo.
*Diarios. Arcadi Espada. Editorial Espasa. Primera edición. 2002.