El flequillo
Siempre voy a cortarme el pelo con una foto de David Gandy. Ve usted a este hombre, yo quiero ser igual. El peluquero, que ya me conoce…
Siempre voy a cortarme el pelo con una foto de David Gandy. Ve usted a este hombre, yo quiero ser igual. El peluquero, que ya me conoce bien y es perro viejo, pone su habitual rostro de psicoanalista argentino, como si realmente me fuera a escuchar, mientras abre y cierra repetidamente las tijeras. El tras tras continuo tiene mucho de risa nerviosa, y algo psicópata, que anticipa la catástrofe ya conocida. Hay un instante en el que piensas que esta vez es la buena y la transformación se va a dar, que vas a salir siendo otro muy distinto. Ahora sí es el momento de empoderarse y de encontrarte con un nuevo tú, con tu Gandy interior. Por unos segundos cierras los ojos, te dejas llevar, aprietas fuerte los puñitos y crees que es posible. Que todo es posible. Rara vez se produce el milagro y sales más parecido a Leonardo Dantés que al bueno de David pero te dices que la próxima toca. Que hay que seguir intentándolo. Tras tras. Tras tras.
La peluquería es aspiración y confesión. Devocionario. Te retocas la cabellera para ser un poco otro o dejar de ser algo menos uno. Vas a colocarte las ideas del pelo, la tapa del frasco. Ya sea sólo las puntas (hoy solo las puntas, licenciado) o un gran cambio de look. Es también riesgo y vértigo. Temor y temblor. No saben los calvos la suerte que tienen por lo mucho que hay de fijo en sus vidas. De constante pelona. La incertidumbre del pelo, si no se lleva con la seguridad macho de los calvos, es también pesadumbre e inquietud. Inseguridad capilar. Tras tras. Tras tras.
Esta semana está siendo noticia el flequillo de una mujer porque ha pasado de corte cheroqui anticapitalista a relamido con diadema. Medio naranjito. Si además le juntas ese perfecto hablar francés, pareciera que la señora anda preparando la segunda parte de Amélie. La nueva Audrey Tautou ejerce un poder hipnótico y resulta difícil alejarse del influjo, del encanto (entre cándido e inocente) de su nueva melena. El poder del pelazo. La política es muchas veces estética y laca por lo que asombra por lo audaz. No sé qué pensarán sus compañeros de partido pero si cunde el ejemplo van a ser unos antisistemas muy majos (como de quererlos de yernos o nueras), con pinta de capillitas. Sombrerazo. Hay que reconocerle el mérito y el golpe de efecto. Jugada maestra. Tras tras. Tras tras.