El instrumental de James Rhodes
A los que hemos crecido con RadiOlé a todo volumen repiqueteando en la buhardilla, el libro de James Rhodes, su famoso Instrumental, es…
A los que hemos crecido con RadiOlé a todo volumen repiqueteando en la buhardilla, el libro de James Rhodes, su famoso Instrumental, es como un fogonazo melómano que deslumbra dejándote algo tuerto de música. Ahora, además de presumir de Antonio Molina o Juanito Valderrama, puedo ir echándole a los gintonics del verano —y quien dice gintonics, dice mostos— las obras de Bach, Chopin, Schubert o Prokófiev. Cuando mencionas a Prokófiev es como cuando abres los donettes, te salen musicólogos por todos lados. Prokófiev, Prokófiev.
La gran virtud del texto es precisamente este carácter pedagógico; el ser un manual abreviado que trae a los distintos compositores e intérpretes de una forma cercana, tremendamente humana y presentados con mucha pasión. Rhodes es un apasionado y un convencido tanto de la música como de la vida extrema de estos grandes artistas. Cree en ambas cosas y las entiende como algo indisoluble. En cierta medida, la forma que tiene de reseñarlos es como un gran espejo histórico de sí mismo. Hay algo de querer mostrar lo atribulado de sus vidas para ponerlas en relación directa con la suya propia y de alguna manera sentirse heredero tanto de las composiciones musicales como del sufrimiento vital de sus maestros. Un monstruo más entre tanto monstruo que coge el relevo de la monstruosidad sentado delante de un piano.
Si Instrumental fuera solo esta guía de los gustos personales de Rhodes y de las piezas musicales concretas que le han cambiado la vida pero sin entrar en los detalles de su infancia tendría gran valor pero yo no lo hubiera leído. Mucha menos gente lo hubiera leído. Leemos a Rhodes porque fue un niño al que violaron varios años y que consiguió sobrevivir a todo eso gracias a la música clásica. Un relato de superación. Muchos dirán que no se puede explicar lo uno sin lo otro ya que ambas cosas van unidas en distintos episodios de su vida pero aquí discrepo. Rhodes dice cosas sobre su niñez pero echo en falta muchas otras. En la primera parte, en los años de abusos infantiles, lo que no cuenta James Rhodes se antoja tan importante como lo que sí cuenta:
- La relación con sus padres. Menciona a su madre en algunos momentos, siempre en positivo, pero nunca dice nada sobre su padre. ¿Qué relación tuvo con ellos?, ¿qué papel jugaron y cómo reaccionaban con su hijo?, ¿nunca se dieron cuenta del problema que sufría?, ¿ni cuando le tienen que operar por las violaciones que sufrió? Operación de espalda. De espalda, ojo.
- La relación con su hermano. Al parecer tiene un hermano, nunca aparece salvo en una pequeña mención. ¿No es una figura importante, la de un hermano, en una infancia como la suya para dedicarle algún apartado?
- Buenos colegios y buenas clínicas. Rhodes fue un niño privilegiado en lo económico. Un niño bien. Desde colegios de alto nivel a centros de rehabilitación de lujo por no contar el año que vivió en París antes de decidir qué hacer con su vida. En lo que toca a sus posibilidades para afrontar la desgracia que le tocó vivir, es afortunado. Sin la música estaría muerto pero no es lo mismo morirse en una cuneta siendo aquí muy frívolo y seguramente injusto. Que unos padres con esas posibilidades, medios y entorno no pudieran ayudar algo más a su hijo, especialmente cuando era tan pequeño y para minimizar las secuelas de adolescente o adulto, resulta muy raro. Rhodes no habla suficientemente de ello y resulta extrañísimo. Habla de su madre, repito, siempre agradecido. ¿Y el padre?
Son estas dudas las que de alguna manera flotan sobre lo que sí cuenta JR de forma clara. Las violaciones, su promiscuidad, las profundas heridas y el drama posterior. Lo que no nos muestra tiene que ser necesariamente parte también del problema o de la posible solución y no hay nada sobre ello. El relato se queda, dentro de la violencia, sorprendentemente plano: abusos + lesiones e ideas suicidas + música redentora + matrimonio e hijo + autodestrucción + música redentora y así hasta que acaba otra vez casado, suficientemente feliz y con páginas de agradecimientos incluidas a modo de coda. Un hombre hecho/deshecho a sí mismo pero razonablemente cómodo con esta imagen. Una moraleja. Un triunfador.
Por todo lo obsesivamente estudiado que tiene cada aspecto de su vida, desde el diseño de las cubiertas de sus discos a aspectos de promoción televisiva o sus ideas de cómo vender el arte, sorprende este hecho. Leo Instrumental como una aproximación vitalista a la música clásica pero me chirría el ruido, por lo delicado del tema, que falta en su infancia ya que es una infancia muy “simple” —violaciones y brutalidad— en un niño que tiene demasiadas circunstancias y personas alrededor para que todo se comprima en los aspectos más dramáticos. Rhodes elige una parte del relato y en este sentido se antoja poco autobiográfico o cercano a ese equilibrio tan difícil de mantener cuando empaquetas algo al lado del acantilado del morbo, con la infancia por el medio, y le pones precio. «El libro del año». A lo mejor nos estamos pasando un poco. Prokófiev, Prokófiev.