El jabalí

Lo primero que aprendes al atropellar un jabalí en la carretera es que no resulta excepcional ni asombroso, al contrario, es algo bastante…

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El jabalí
Imagen robada sin permiso a @cacho1976 en su instagram.

Lo primero que aprendes al atropellar un jabalí en la carretera es que no resulta excepcional ni asombroso, al contrario, es algo bastante común por no decir cotidiano. Vamos, que si usted está leyendo esto y no ha tenido un encontronazo automovilístico con un jabalí preocúpese porque forma parte de esa pequeña minoría de raros, de marcados, de gente ausente de jabalíes. Chocas con un jabalí la tarde de Nochebuena y al instante, a todo aquel que se lo cuentas, ha tenido encuentros similares o incluso más salvajes —jabalíes rodando por el capó, jabalíes sentados en el asiento de atrás jugando con la Nintendo 3Ds de la niña, jabalíes cayendo del cielo como la lluvia de ranas en la película Magnolia—. Hay un libro de Manuel Vilas sobre rinocerontes, Setecientos millones de rinocerontes, pues lo mismo pero con jabalíes. Realmente los rinocerontes son jabalíes urbanos; una segunda generación de emigrantes que abandonó el pueblo por la ciudad para ganar en estatura y en esa brutalidad animal que da la city. «Vivir es rinoceronte», que escribe Vilas, pero sobre todo es jabalí.

El matrimonio es atropellar cosas juntos. La Nochebuena de 2015 mi mujer atropelló a un jabalí mientras me llevaba de camino al hospital de Monforte de Lemos después de haber metido yo la zarpa —calzada con mis Asics Nimbus, que uno tiene una categoría — en un agujero. No vi el socavón porque como soy un diletante dominguero, también en lo runner, andaba con la cabeza a pájaros que son esos jabalíes con alas y gusto por el alpiste. Y allí estábamos, en pantaloncito corto, zapatillas, guardia civiles sin tricornio (que vuelva el tricornio) y llevándonos por delante a un jabalí que como un caminante blanco apareció no se sabe muy bien de dónde para acabar partiéndonos el morro del coche. El beso de primeras parecía pequeño pero nos quedó el pico bonito. Bastante poco comparado con el caso de la dueña de la gasolinera donde estuvimos que al vernos nos dijo: “jabalí, ¿verdad? Nada, nada, siéntese usted en este saco de naranjas, que se le ve mayor para andar en calzoncillos de noche, y cuando venga mi marido le cuenta lo que le pasó el otro día con uno. Unos 300 kilos de jabalí, pouquinho mais o menos”.

El esguince me duró hasta bien entrado febrero. Para esa fecha ya había ido cojo al notario a firmar la sociedad limitada unipersonal (hermosísimo lo de limitada unipersonal) que he creado: “Hoy nace una nueva persona jurídica”, me dijo el notario con cierta voz entre lo rutinario y el cachondeito evidente ante el pardillo que tenía delante. Yo lo que veía en los papeles aquellos eran jabatos pequeñitos como demonios porcinos mirándome fijamente a los ojos y queriéndome avisar de la inconsciencia. Hay quien lee posos de café y yo ya leo jabalíes en las firmas ante notario. Durante el año, en cada revés, decepción o problema huelo el aliento del jabalí, su roer metálico en el tobillo derecho, y me digo que hay que seguir intentándolo. Que para jabalí, tú.

El Año Uno d. J. (después del Jabalí) ha sido diferente. Digamos que igual de cobarde pero un cobarde algo más activo, con menos miedo a indagar en el que soy, o en el que ya no seré. A saber identificar muy bien en lo que debo gastar el tiempo, que es muy corto en años jabalí, y a defender lo propio con pezuñas y colmillos sea cual sea el coste. Más que nada por si cualquier Nochebuena un guardia civil te tiene que sacar de la carretera por una pata intentar rebelarte y darle un último bocado auténtico de verdad al guardabarros de la muerte.