El puto Gistau
Cada uno tiene sus vocaciones y sus vicios. Algunos de ellos inconfesables por frustrados. En mi caso, no me escondo, siempre quise ser…
Cada uno tiene sus vocaciones y sus vicios. Algunos de ellos inconfesables por frustrados. En mi caso, no me escondo, siempre quise ser Francisco Umbral. Ahora tengo una gata y es lo más cerca que estaré nunca de escribir como él. Bueno, no siempre he querido ser Umbral en realidad, solo hasta que empecé a leer a David Gistau. Desde ese momento el objetivo era parecerse a David Gistau. O, siendo realmente sinceros y porque yo ya empezaba a tener una edad, ninguna lectura, nula formación y muy poquita valentía, lo que realmente anhelaba, ahora lo sé, es que David Gistau fuera el mejor Francisco Umbral posible. Que matara al padre por uno.
Umbral, al fin y al cabo, venía de la posguerra, el tardofranquismo, la transición, el felipismo, las olimpiadas, los pelotazos y las hormigas de las negritas creando túneles por las páginas del periódico. Esas cosas que nos parecen lejanísimas y extrañas pero que también hemos vivido. Otra España, todavía de papel y tinta, y que pasó anteayer mismo. Gistau era ya otro rollo, otro mambo, otra vitalidad, otra música, otro dandismo en zapatillas y polos deportivos por traje. Ultrasur de las letras ante el viejo que empezaba a chochear su magia sobre la Olivetti. Necesario para una época que se nos ha quedado centrifugada, digital, internauta, insoportablemente rápida y muy absurda. Y era increíblemente joven. Pocos años más que yo. La excusa del tiempo no servía y ya no era posible. Había que resignarse sin haber escrito nunca una mierda y sin ni siquiera haberlo intentando. Sólo quedaba seguir un tam tam de palabras para admirar al gorilón de Gistau mientras le preparaba la merienda a Umbral y le quitaba el sitio, honradamente, en nuestros corazones de papel prensa.
Desde el domingo por la noche voy algo grogui. Estaba convencido de que se recuperaría del susto. Cómo se va a morir el puto David Gistau. Venga, coño. No puede ser. No me cabía en la cabeza. Me ha costado un mundo abrir los periódicos del martes, los obituarios, los homenajes, la lírica (joder con la puta lírica) del gremio llorando al mejor de los suyos. Hay algo de exhibicionismo y de competición por ver quién estuvo más cerca, quién tocó más al santo. Me recuerda a cuando las madres ofrecían sus niños a Camarón para que el gitano de La Isla los protegiera de todo mal. Lo mismo pero con señores de Pontevedra talluditos. Hágamelo usted redactor de Deportes por lo menos, aaaayyyy, señóGistau, queDióselopague. La bonhomía, la bondad, la calidad humana, el amplio anecdotario, el boxeo, la jarlei, las cenas en Lucio con el mongolo, la familia numerosa, el meconio, la fatalidad, la simetría trágica con el padre muerto y hasta alguna confesión íntima de la madre que no nos hacía ninguna falta conocer. Demasiado para mi gusto y para mi ánimo de simple lector de luto. No hace falta canonizarlo, joder. Suficiente lo exagerado de su muerte. Algún fallito tiene que tener. Seguro. Algún mal golpe habrá dado.
Con la muerte de Umbral se me acabó la juventud y con la de Gistau he entrado, aceleradamente, en la vejez. De Umbral, que solo lleva trece años muerto, prácticamente no queda nada. Ni mortal, ni rosa, ni de lejanías, ni capitales, ni del dolor. Nada. Es el signo de nuestros tiempos que todo lo devora como una gran trituradora de talentos. De Gistau, en cuanto quieran darse cuenta, no tendremos más que una entrada en la wikipedia se pongan ustedes como se pongan. Es así, no hay vuelta de hoja. Realmente, se lo ha dejado todo por escribir. La grandeza, la grandeza de verdad, empezaba ahora. Su muerte crea un segundo boquete escritor que ya no se va a llenar. Hay que vivir con el hueco como el que vive con un único riñón. Ya no quiero ser nadie más, ni siquiera yo mismo, no me vaya a cargar a otro. Adiós, genio. Mi más profundo respeto y admiración.