El Watusi de Casavella
Todavía recuerdo las pilas del primer tomo de El día del Watusi junto a los ascensores de una conocida librería madrileña de varias…
Todavía recuerdo las pilas del primer tomo de El día del Watusi junto a los ascensores de una conocida librería madrileña de varias plantas. Subías y bajabas distraído pero a la salida te topabas con esa potente y alargada «W» sobre fondo rojo que servía de escenario para el escorzo de un tipo trajeado que se recortaba en silueta. No tardaría mucho en llegar el segundo y tercer tomo hasta completar el tríptico. Los juegos feroces, Viento y joyas y El idioma imposible forman las tres partes de El día de Watusi en esas ediciones de Mondadori con las ilustraciones de Robert Longo en las cubiertas diseñadas por Luz de la Mora. Tres hermosos libros.
Tres libros que había que leer. Recuerdo alguna de las críticas (uno es más lector de críticas que de libros) y que no leí. De hecho, trece años después de que se editaran anoto esto justo cuando acabo de terminar la primera de las partes pero es tal el impacto que no voy a esperar a leer el resto. Principios de los años 70 y dos críos de las chabolas de Barcelona en un particularísimo viaje a sus propios infiernos. El Emiliano, el Topoyiyo, el Supermán, la Cupé, la Tía Pilar, el Vasolleno, Pepito el Yeyé y un muerto que flota, y una niña asesinada y Barcelona de fondo y un no dejar de llover en un día de agosto. Y la sombra sobrehumana del Watusi. Cosas que son y no son lo que parecen para despertar la edad de hombre de un crío de 13 años trasunto del propio Casavella que al parecer conocía bien esa Barcelona. Divertidísima, maravillosamente escrita y con diálogos y páginas para recordar. Y también oscura e inquietante, trágica y profunda. Casavella consigue una forma de ir soportando las hostias aunque algunas se quedan impregnadas en los miedos de uno entre la mierda, el barro y la pisada ortopédica y gitana del Yeyé. «Temor a la libertad, temor a estar siendo otro, temor a estar siendo demasiado uno mismo (y estar vacío), temor a la locura de los demás, temor a la propia locura, temor a la carne, temor a la paranoia, temor al temor, temor a la falta de temor (el mal presagio), temor al temor de los demás, temor al dolor ajeno que pudiera volverse propio, temor de que la vida no se parezca a nada (porque es todo, y lo idéntico que es todo a ese todo), miedo a ser, miedo a dejar de ser, temor al pasado agotado y, aún mayor, temor al pasado inagotable, a los secretos de familia, a los propios secretos, a lo que puede dar de sí un día».