IRINA
Tiene Irina una boca en la que guardar todas las verdades del mundo. Una boca tan bella que subyuga. Una hermosura tan violenta que le dan…
Tiene Irina una boca en la que guardar todas las verdades del mundo. Una boca tan bella que subyuga. Una hermosura tan violenta que le dan ganas a uno de tirarle las botas al linier o arrancarle la camisa al cuarto árbitro o al primero que vea por la banda. La boca de Irina. Cualquier cosa que se quiera bella ha de medirse con los labios de Irina como el que calcula, torpemente, las distancias en campos de fútbol. Nada supera la comparación. Quizá sus propios ojos.
Tiene Irina algo extraño de cheroqui, de india rusa, de gitana andaluza de los Urales, de latina morena y azul. Un auténtico desconcierto que trae más fuego al incesante incendio de su belleza. Irina es un jeroglífico geométrico, una desproporción matemática, algún tipo de juego de dioses o de error intencionado, con auténtica mala leche, en el sistema.
No estar más con Irina. Cómo pedirle a alguien que de pie con bola o que no se apunte a clases aceleradas de vallenato rodeado del resto de cuates con sus sombreros de copa del chino de abajo. Por muchísimo menos te haces tuno o te vas a recorrer el globo en bicicleta. Ni en un par de horas, ni en un par de siglos, ni con todo el repertorio de José Alfredo Jiménez. De esto difícilmente se levanta uno. Mucho ánimo. Mi solidaridad, mi respeto.