La Ayuso infiel
En los últimos años hay todo un esfuerzo por ceñir la obra de Federico García Lorca dentro de unas definiciones concretas que reniegan…
En los últimos años hay todo un esfuerzo por ceñir la obra de Federico García Lorca dentro de unas definiciones concretas que reniegan, firmemente, de su carácter más popular. Una intelectualización de sus textos que ensalzan el lado más vanguardista —con todas sus aristas y momentos—, renegando de esa alegría oscura que es, por ejemplo, el Romancero gitano. Una mirada que parece sesgada, con nuestros ojos de buey de una época muy distinta, y que ya no canta a los Camborios camino de Sevilla a ver los toros. El soniquete lorquiano que llevamos descargado la mayoría en el podcast del pecho. Verde viento, verde ramas. Ese rimar del que incluso renegó el mismo poeta en vida: «Además el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje que tú sabes bien no soy» escribía Federico en una carta a Jorge Guillén en 1927.
Horizonte de perros ladrando muy lejos del río. Del gitanismo me he acordado viendo las fotos de Isabel Díaz Ayuso en El Mundo ya que quieren enclaustrarla en La casa de Bernarda Alba e Isabel es más de relinchar brava y libre, como potra de nácar, sin bridas y sin estribos. Furiosa muerde con una mitad llena de lumbre y la otra mitad llena de frío. A Ayuso no se le perdona el gitaneo cotidiano, su verdad de plata que no viene de Somosaguas pero tampoco de esa intelectualidad malasañera a lo Andrea Levy. Naturalidad algo trágica, también en lo personal, y de cuatro corpiños en la que te tienes que identificar. Otra gitanita más como tú. Una virtud (con su condena) que se está convirtiendo en diez cuchillos para sus rivales. Se mete entre juncos y zarzamoras y sin embargo sale tan indemne que ni nardos de la podemia ni caracolas del pesoe tienen el cutis tan fino. Hasta se atreve, con el almidón de su enagua enlutada, a decirles cosas que a la luz del entendimiento nadie les ha dicho. Y se hacen cruces mientras la Díaz martillea en su fragua jonda. Y al son de sus estallidos, en la noche nochera, vamos los madrileños forjando sus madroños y sus flechas.
Mordiscos de jabalí por todos lados. Y las mujeres, estandartes y farolas, las primeras. Vienen tirándole piropos en un rumor de siemprevivas que invade las cartucheras con canciones redondas como viñetas del Peridis. Una dura luz de prisa recorta en agrio verde mientras nuevos viejos tuits, andarines, palpitan de sangre enemiga. ¡Ay, Isabel Díaz Ayuso, llama a la Guardia Civil! que están las cartaginesas persiguiéndote con sus espadas calientes. No te van a pasar ni mijita. Vas a tener que dar muchas largas toreras sobre el mar y los arroyos allí donde las siete estrellas madrileñas clavan rejones al agua gris. Siete gritos, siete sangres, siete adormideras dobles. Ya está bien, gritan ellas desde sus ventanas más allá de los pinos. ¡Se acabaron las ayusos que van por la Comunidad de Madrid solas!
“Las fotos que me hago, ¿a ti qué se te importan?”. En el toro de la reyerta te subes por las paredes y digna de una Emperatriz, como gitana legítima, te revuelves. A cada cual le haces un costurero grande, de raso pajizo, y les dices que sigues siendo mozuela aunque te los lleves al río. Mientras, por la puerta de Sol se baten las espadas de los lirios y el todo Madrid invade de aullidos de osos las azoteas.