La huevada de Simeone

Tiene el Wanda Metropolitano mucho de platillo volante, de gran nave espacial aterrizada en un alto bastante inhóspito y un poco allí…

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La huevada de Simeone

Tiene el Wanda Metropolitano mucho de platillo volante, de gran nave espacial aterrizada en un alto bastante inhóspito y allí donde Cristo perdió el mechero. Madrid de extramuros que se quiso olímpico varias veces, café con leche incluido. La modernidad de sus formas y la forma sinuosa de la cubierta le otorgan una sofisticación que lo convierten en unas de esas construcciones que superan su pura función de edificio hasta llegar a ser un icono visual marcando e interviniendo el paisaje. Un logo poderoso desde la carretera. Es de un futurismo y de una pulcritud, algo aguardiolada, que contrasta con lo vetusto y racial, palillo en boca, del Vicente Calderón. Al final, el tiempo es la auténtica aluminosis.

El escudo, la esencia y lo castizo, de la puerta de Toledo para abajo no termina de casar del todo con la tortilla traslúcida del Wanda. Hay algo de desajuste emocional. Los últimos tifos (Madrid y Juventus) iban tirados en esa línea. Hasta se ha podido ver pintado a el oso y el madroño que quedan ahora a mil duros de Cabify. Y no es casualidad esta nostalgia, hay algo que no se acopla en el ideario rojiblanco rojiblanco y tal y tal. Incluso los del Frente Atleti son astronautas alunizando en un fondo de butacas rojas perfectamente alineadas. Indios en diáspora sacados de su reserva natural de la M-30.

El fútbol, como gran espectáculo global televisado en busca de nuevos mercados, tiende a aligerarse, a dulcificarse. Estadios como boutiques. Es el signo imparable de los tiempos. Hasta que llega el Cholo Simeone, se agarra el choripán con rabia argenta, y el juego vuelve a otra época, a otro momento de nuestras vidas donde los goles tenían una potencia brutal y sanadora. Supersticiosa. Los hay que hoy se rasgan las vestiduras con este gesto impulsivo. Ya saben: la violencia, los ultras, la educación, el ejemplo para los niños (con lo que ven hoy los niños a diario como para asustarse con el pajarito de un entrenador de fútbol), el respeto con el rival, lo feo, lo chabacano, lo deportivo, lo antideportivo, el «uy, lo que ha hecho», el heteropatriarcado… Yo qué sé. Mil cosas, y seguramente alguna razonable cuando se te pasa el calentón. Pero hay que perdonárselo. Yo estoy con Simeone. Sentir con intensidad máxima, con una pasión que te haga sufrir lo que eres, desbordado, aunque haya días que se te escape algún gesto testicular inapropiado. Cualquier cosa menos que te saquen muerto, sin sangre, del campo. El fútbol son vidas de noventa minutos que también se van gastando. Bien por esos huevazos, Simeone. Coraje, corazón y un par de cojones.