La juventud y los manifiestos

Firmar manifiestos es como firmar hipotecas, la rúbrica dura poco pero los efectos son para siempre. Me atrevería a decir que uno se hace…

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La juventud y los manifiestos
Theo van Doesburg, Kurt Schwitters, cartel «Kleine Dada Soirée», 1923.

Firmar manifiestos es como firmar hipotecas, la rúbrica dura poco pero los efectos son para siempre. Me atrevería a decir que uno se hace viejo cuando empieza a firmar cosas en primera persona poniendo al yo por delante y tomando mucha conciencia de uno mismo. Esos críos pequeños que en cualquier dibujito van y te colocan su nombre garabateado ya tienen algo de viejos precoces, de abajo firmantes. Quieren ir marcando su presencia y paso por un mundo adulto que intuyen de muchas firmas cuando están viviendo el puro abandono vital y lo más parecido a la anarquía. La infancia y su estertor (la juventud) es el mejor sistema político. En cuanto empiezas a firmar crecen los pelos de la nariz y se caen las tetas.

Sorprende un poco que señores y señoras que rozan la treintena o la superan abiertamente se definan de forma abierta y con cierto orgullo como representación de los jóvenes. ¿Qué jovenes? Nadie es joven con treinta y siete años, ni con treinta, ni con veintiséis. Esto hay que decirlo porque lo de irnos a los cuarenta creyéndonos que somos jóvenes y que la madurez está por llegar tiene efectos sociales y familiares perniciosos ya que tendemos a relajarnos. «No, es que todavía soy joven y tengo tiempo de hacerlo más adelante». Y un cojón. No hay tiempo. La juventud tal y como la entendemos hoy, largamente mascable y chiclosa, es una falacia. El auténtico manifiesto revolucionario que tendrían que firmar «los jóvenes» pasa por reconocerse y exigirse maduros, ese vértigo de las responsabilidades, desde la edad legal de los dieciocho años e incluso antes. También, y esto es básico, porque es la manera de que le respeten a uno ya que un adulto tiene necesidades más serias que un joven. Parece una estupidez y un detalle menor pero esta perversión del lenguaje, esta frontera donde lo juvenil se quiere eterno es un problema grave ya que conlleva una larga infantilización, y una instrumentalización de la misma en muchos aspectos de la vida.

«Por último, rogamos a las generaciones de nuestros padres y abuelos que no pierdan la compostura». Aquí ya hay que negarse abiertamente. Lo único que nos queda a los viejos es saltarnos las vallas o liarnos a romper farolas con las bolas de la petanca para que no salga a la luz la cucaracha de morirse. A cierta edad es aconsejable perder radicalmente la compostura. La vejez es ese dadaísmo y sus distintos manifiestos por los que se vuelve al salvajismo de la infancia moviendo mucho las llaves del selfcleptómano que no funciona más que con aceite crepuscular.