La juventud y los manifiestos
Firmar manifiestos es como firmar hipotecas, la rúbrica dura poco pero los efectos son para siempre.

Firmar manifiestos es como firmar hipotecas, la rúbrica dura poco pero los efectos son para siempre. Me atrevería a decir que uno se hace viejo cuando empieza a firmar cosas en primera persona poniendo al yo por delante y tomando mucha conciencia de uno mismo. Esos críos pequeños que en cualquier dibujito van y te colocan su nombre garabateado ya tienen algo de viejos precoces, de abajo firmantes. Quieren ir marcando su presencia y paso por un mundo adulto que intuyen de muchas firmas cuando están viviendo el puro abandono vital y lo más parecido a la anarquía. La infancia y su estertor (la juventud) es el mejor sistema político. En cuanto empiezas a firmar crecen los pelos de la nariz y se caen las tetas.
Sorprende un poco que señores y señoras que rozan la treintena o la superan abiertamente se definan de forma abierta y con cierto orgullo como representación de los jóvenes. ¿Qué jóvenes? Nadie es joven con treinta y siete años, ni con treinta, ni con veintiséis. Esto hay que decirlo porque lo de irnos a los cuarenta creyéndonos que somos jóvenes y que la madurez está por llegar tiene efectos sociales y familiares perniciosos ya que tendemos a relajarnos. «No, es que todavía soy joven y tengo tiempo de hacerlo más adelante». Y un cojón. No hay tiempo. La juventud tal y como la entendemos hoy, largamente mascable y chiclosa, es una falacia. El auténtico manifiesto revolucionario que tendrían que firmar «los jóvenes» pasa por reconocerse y exigirse maduros, ese vértigo de las responsabilidades, desde la edad legal de los dieciocho años e incluso antes. También, y esto es básico, porque es la manera de que le respeten a uno ya que un adulto tiene necesidades más serias que un joven. Parece una estupidez y un detalle menor pero esta perversión del lenguaje, esta frontera donde lo juvenil se quiere eterno es un problema grave ya que conlleva una larga infantilización, y una instrumentalización de la misma en muchos aspectos de la vida.
«Por último, rogamos a las generaciones de nuestros padres y abuelos que no pierdan la compostura». Aquí ya hay que negarse abiertamente. Lo único que nos queda a los viejos es saltarnos las vallas o liarnos a romper farolas con las bolas de la petanca para que no salga a la luz la cucaracha de morirse. A cierta edad es aconsejable perder radicalmente la compostura. La vejez es ese dadaísmo y sus distintos manifiestos por los que se vuelve al salvajismo de la infancia moviendo mucho las llaves del selfcleptómano que no funciona más que con aceite crepuscular.