La luna de Belén Gopegui

“Hay seres que saben existir a todas horas, pero la mayoría no sabemos”. Existir, saber existir. Y hacerlo en todo momento. Esta frase de…

Share
La luna de Belén Gopegui

«Hay seres que saben existir a todas horas, pero la mayoría no sabemos». Existir, saber existir. Y hacerlo en todo momento. Esta frase de La escala de los mapas ha tomado especial significado, —todo el recuerdo que tengo de la novela se ha trastocado—, al leer un pequeño librito recientemente editado por Random House, también de Belén Gopegui, y con título Ella pisó la luna. Ellas pisaron la luna. No es un libro como tal ya que es realmente la impresión de una conferencia que la autora dio este pasado marzo y en el que hablaba sobre sus padres. Y muy particularmente, sobre su madre Margarita Durán.

Es muy corto (quizá el texto mereciera una edición distinta más que la simple transcripción de la conferencia), y se antoja demasiado sintético, casi lejano. Se ve que está pensado para un público que escucha y que interactúa con la propia Belén. La tienen presente, de frente, para saber calibrar sus reacciones y sus gestos. No es algo para un lector que carece de esa información y difícilmente puede llegar a entender la parte emocional de la autora cuando lo cuenta en primera persona. Hay un sentimiento que se pierde. El objeto queda algo inerte y el texto resulta extrañamente frío, casi como una práctica de taxidermia. Mariposas clavadas con alfileres.

En una misma página se le muere a Belén una hermana con espina bífida, Martita, y le nace otra, Miriam, que vivirá casi veintisiete años con parálisis cerebral. El texto gira sobre ello y sobre el ser de arriba, el querer ser consciente de una madre ante su hija gravemente enferma. Dolor, valor y generosidad. Un alunizaje, un compromiso, y una vida entregada. Es hermoso el homenaje de Belén Gopegui aunque queda la duda de la relación de Belén con Marga, de la hija pequeña, de esa hermana con su hermana mayor. De la niña, en primera o tercera persona, que crece entre pañales de tela y visitas de su madre al Pozo del Tío Raimundo. Cuenta muy poco de estas relaciones, «no fue idílica, y sí lo fue» escribe al final. Quizá debamos descubrirlo en sus textos, en sus libros donde seguro que está, o quizá no importe tanto hacerlo evidente y ella lo quiera dejar latir en la cara oculta de su propia luna.