Los futbolistas y la selectividad
Publicaba El País esta semana la carta de una madre que se culpa amargamente por no haberle dado una infancia a su hija que tristemente…
Publicaba El País esta semana la carta de una madre que se culpa amargamente por no haberle dado una infancia a su hija que tristemente acababa de aprobar la Selectividad —al parecer con buena nota—. La niña se dispone a entrar en esta sociedad cruel adulta nuestra habiéndose dejado la infancia por el camino estudiando de espaldas a su familia. «Los horarios se han tragado a nuestros niños. Los niños han sido mini-adultos». «Comer un bocadillo de chorizo en la acera, hablando con los amigos. Montar en bici, tener un perro y correr con él…». Triste y desgarradora historia. Se le abren a uno las carnes al pensar en ese bocata de chorizo que la niña ha dejado de comerse pegándole patadas a un balón de plástico como nosotros cuando éramos chicos y nos matábamos a pedradas y a escupitajos, también al perro, en mitad de esa idílica calle de esta llorosa madre.
Leo el inmenso dolor de esta mujer y no puedo evitar acordarme de la infancia de los futbolistas. De los que llegan y triunfan y también, y muy especialmente, de los que se quedan por el camino. Críos realmente pequeños, véase Messi, y que tienen que abandonar a sus padres para irse detrás de un sueño esférico. Pensamos en las grandes estrellas que triunfan, pero lo normal es que sean muchos más los que fracasen y se tengan que volver a casa con el rabo entre las patas. Seguro que en la mayoría de los casos la experiencia es más que positiva pero estoy convencido de que habrá niños a los que se les haga duro este proceso y las secuelas sean perdurables en el tiempo. Casi como tener que pasar una selectividad, o dos.
El poder mediático del fútbol es tan exagerado, tan desproporcionado, que tendemos a ver a los futbolistas como hombres diferentes al resto. Extraterrestres, dioses, monstruos, o seres alados. Hay mucho de envidia en esto ya que con 20 años, o mucho antes, son millonarios —ser millonario no se perdona—. Aunque parezca extraño son hombres corrientes, incluso corrientísimos. Personitas que también sangran por la herida o por el ligamento interior cruzado. El problema con los futbolistas de alto nivel es que han pasado a convertirse en modelos de buena conducta. Unos Amarna Miller del balompié. Futbolistas como nuevos y raros intelectuales muy tatuados; héroes templados derrochando virtudes y valores. Se nos ha ido la mano con los epítetos. Los futbolistas, por lo general, y como buenos competidores extremos, son bastante chungos.
Romario. Quién no recuerda a Romario dejando el hotel, llegando al campo sin afeitar, calzándose las botas con las desgana del que acaba de amanecer a las ocho de la tarde y romperle la cadera a Alkorta de por vida. Romario era un grandísimo futbolista, no todo el que pudo ser, pero uno intuye que después de salir del campo no se volvía a su habitación —vivía en el hotel— a leer a los presocráticos. Romario es un caso canónico pero los ejemplos son demasiados. Pongan ustedes aquí a su futbolista crápula favorito. El golferío es una camiseta transversal que no entiende de colores y escudos. El golferío hermana. Pero vamos, lo normal, como en cualquier otro sector u oficio de la vida.
Por todo ello, cada vez que sale una noticia oscura y delicada con algún futbolista habría que tomar el suficiente celo para poner el tema en perspectiva ya que con un jugador profesional, con un deportista profesional de altísimo nivel, todo es demasiado complejo como para caer en juicios muy rápidos a no ser que seas John Carlin y quieras recordarle a Cristiano Ronaldo el alcoholismo de su padre para justificar su forma de ser en el campo. Podía haberlo comentado en positivo, ya que seguramente todas las copas de su padre están presente en cada una de las abdominales de CR, pero siempre es más fácil atizar. Atizar tiene más clics.
«Pero ante todo, quiero que sepas que necesito pedirte perdón. Considero que has invertido tu infancia, tu adolescencia… tus mejores y más tiernos años dirigidos y destinados a aprender». No se flagele usted tanto, señora. Piense que podría ser peor, piense que podría usted tener en casa un Prosinečki o un Ronaldinho. Mientras le dé por terminar la carrera y no por jugar al fútbol todo irá a bien. Y hágale un bocadillo de chorizo a su hija, entre asignatura y asignatura, que está demostrado que es muy bueno para la memoria. Tres de cada cuatro médicos expertos en salud lo recomiendan.