Messi y la más bella de las derrotas
El gatillazo de Lionel ha privado al fútbol de convertir la masacre del dos ocho en el último partido culé del astro argento. Anda el…
El gatillazo de Lionel ha privado al fútbol el poder convertir la masacre del dos ocho en el último partido culé del astro argento. Anda el personal contento con este detalle [los hay que se conforman con poco] porque cómo iba a ser ese el adiós de Messi con la samarreta azulgrana. Les parece un epílogo triste e impropio para la importancia histórica de la figura. Sacrílego casi. Respiran tranquilos ante este hecho imaginando otros finales mejores y una despedida que tiene que ser necesariamente más grande y noble a la medida exacta del héroe.
Disiento y me resulta extraño no haber leído o escuchado en esta misma línea. Ningún final futuro puede superar ese abuso caníbal y extremo del Bayern de Múnich. Imposible imaginar un epílogo más acertado y terrenal para un dios. Qué mejor manera de cerrar el tango y dar por terminada, a zarpazos de oso, la tragedia. Un triunfo inverso por excesivo, inverosímil y despiadado. Una paliza inabarcable. Una humillación artística. El mejor momento para irte dejando un dolor, inaprehensible, a la altura de tu grandeza. No sé cómo nadie se da cuenta de que el ensañamiento alemán con Messi —especialmente con el fútbol que Messi representa— termina de equilibrar, en la balanza del drama, su historia en el Barça. Es tal la hostia que es definitiva.
El silencio germano del capitán. Despedirse a lo alemán dando el burofax como respuesta. Te diste manija, Lionel. La picardía de la calle, la gambeta. Garufa, garufita. Eres un vivo al final. O quizá siempre lo has sido. Ahí donde te hacíamos introvertido y enrocado solo en la pelota te nos descubres al ataque. Te hiciste, o te hicieron, malévolo. Y para aliviarnos el luto nos sales con los payos de Cuatrecasas, la pornografía de los millones, la horterada loser del City y ese menudeo de todo lo que pasa fuera de la sagrada cancha. El mimimí del presidente, el proyecto, los proyectos, como si te fueran ajenos y elementos extraños. Ocho, Lionel, ocho. Tocaba poner el pecho, las chanclas y las seis pelotas de oro encima de la mesa.
El virus de mierda nos ha traído esa incongruencia del fútbol sin público para terminar de completar la desnaturalización del juego que ya venía anticipando con ansia el VAR. Los que hemos podido ver alguna vez a Messi en un campo y en directo vivimos con ese impulso vital. Mejorados. La facilidad, y la felicidad, de los imposibles. Pero la auténtica afición no se forja tanto en las victorias y en las convicciones como en las derrotas y los desastres. Lo que más siento de este fútbol pandémico es que haya privado a todo un estadio de ver con sus ojos como el más grande, ahora sí y definitivamente, venía claudicado de casa. Ya no estaba. Andaba a otras cosas. “No nos llega para ganar la Champions”. A quién le importa la champions, Lionel. La champions es cosa de pobres. La grandeza, campeonar de verdad, es no dejar de estar presente cuando te atropella, a lo bestia, la más bella de las derrotas.