Mi padre y Roca Rey

Tenían ustedes que haber visto a mi padre bajar el otro día desde la andanada hasta la Puerta Grande de las Ventas. Ni el negro bragao de…

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Mi padre y Roca Rey
A la vida, por bernardinas.

Tenían ustedes que haber visto a mi padre bajar el otro día desde la andanada hasta la Puerta Grande de las Ventas. Ni el negro bragao de Ben Johnson con la vena hinchada en la carrera aquella de los 100 metros lisos. Corre, corre, que no llegamos. Yo con la almohadilla en ristre y echando el bofe sin ser capaz de pillar el ritmo. Y va el viejo y se me mete en todo el medio de la pelotera que esperaba la salida a hombros del cristo peruano con los móviles muy en alto en un petencostés digital de camaritas. Lo perdí de vista y ya me veía recogiéndolo del suelo tras el paso de la cuadriga policial que escudaba a Roca Rey. Al final, estaba el tío apoyado en la estatua volandera de El Yiyo, tan pichi, y yo sudando entre los nervios, el gentío bravo y las grupis eufóricas y perfumadas de la gloria de DobleErre. No me vuelvo a meter, no me vuelvo a meter. Adivinen, el viernes estábamos otra vez corriendo para ver el descerrajazo de David de Miranda. Ya llevamos tres carreras a toda hostia en este San Isidro del 19.

A mi padre le gusta recibir a los toreros. Raro es el día que no esperamos en la puerta de cuadrillas para verlos de cerca no vaya ser que no tengan dimensión de hombres. La verdad es que algunos son bastante más bajitos al natural aunque esto es general para cualquiera y la tele no solo engorda, también estira. Hasta El Juli ha tenido la suerte de estrecharle la mano a mi padre el otro día y ya notamos que el de San Blas venía pelín desganado y algo caricato, cosa que confirmó después en el círculo. Esto de admirarse con los diestros va con su personalidad sencilla hecha de un metal donde la autenticidad del otro se respeta y los toreros, con su moneda para cambiar tan distinta al resto de mortales, tienen ese punto mítico. Gente de otra época. Honor y honra. Los espadas también tienen algo de esto último aunque más apretados y con todos los candelabros de oros y tiempos a cuestas.

Vengo cumpliendo, en estas dos semanas de San Isidro, un viejo deseo mío para él. No del todo porque la idea era un par de abonos como está mandao, por derecho, pero no quería darle el disgusto por gastarme muchas perras. Las putas perras. Siempre las putas perras. Nunca ha entendido que lo que nos sobra a los pobres es dinero y lo que nos falta es cultivar las ilusiones. Las aspiraciones, la verdad pura y brava y verla, con gusto, en contrabarrera. Puraco y todo. Y eso no vale tanto. Simplemente es priorizarlo, quererlo. Balancear la muleta por detrás del muslo todavía con la cornada fresca del primer morlaco y esperar al sexto por bernardinas. Derecha e izquierda, rojo péndulo con el que esquivar, o no, los pitones parladé de la vida. Y mirar al tendido del cielo.

Leo al día siguiente del triunfo de RR las crónicas en los periódicos con ese lirismo impostado en la mayoría de los casos. Poesía que antes me parecía como diamantes incrustados entre las páginas y que hoy se me descubren como algo falso, repetitivo, conocido, trillado. Molido rapidito, como casi cualquier cosa ahora. Todas hablan mucho de Roca Rey, natural, pero ninguna menciona a mi padre. Me sorprende. Estábamos allí, los dos, viendo el vuelo del cóndor (el apodo debe ser por la tocha) sobre el azul madrileñazo. Lo tocó, se reconocieron, se miraron y se saludaron levemente con la cabeza con ese movimiento típico del que ha encontrado a un igual. No será nuestra última puerta grande.