No te vayas nunca, Simón

En Argentina pusieron a dar los datos del virus chino a una payasa. A una payasa de circo, quiero decir. Su nariz roja, zapatones y todas…

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No te vayas nunca, Simón
Almendritas Simón

En Argentina pusieron a dar los datos del virus chino a una payasa. A una payasa de circo, quiero decir. Su nariz roja, zapatones y todas esas cosas payasiles. No seguí mucho el caso porque eso de poner a payasetes a presentar el boletín de muertos pues qué quieren que les diga. Creo recordar que fue un tema puntual coincidiendo con una fecha donde se celebraba algo asociado a la infancia o similar. Habrá que perdonarles a los argentos la payasada si fue esporádico aunque el hecho de verla en la mesa donde se despachaba troceada en datos a la covid es doblemente trágico. El payaso lleva lo inquietante cosido a la flor de la solapa. Algo negro, cenizo. Produce cierto rechazo sin necesidad de verlo sujetando ningún globo rojo o corrompido perdido como Krusty el de los Simpsons. El payaso es ahora más símbolo de terror, evidente o presentido, que de divertimento. Además, cualquier payaso de circo tiene algo de funcionario cansado del chiste. De tiempo pretérito. Un auxiliar administrativo gracioso a la fuerza que debe ir poniéndole los sellos a las cartillas del paro, tampón y tinta, se levante o no de humor aquel día. El payaso, al igual que el circo, empieza a ser una rareza que ya sólo triunfa haciendo el Cantajuegos y similares pero en estos casos van casi a cara descubierta. Payasos de paisano arrastrándose a la irrelevancia de la vida civil. Al cajón del pasado y del revoltijo emocional y depresivo de la nostalgia.

Aquí una vez salió Vicepresidente Segundo de España a hablarle directamente a los niños de tú a tú. A los ojos y en primer plano. “Hola, amiguitos”. Cómo hemos llegado a esto. No sabemos si Vice Segundo de España [el ESPAÑA hay que ponerlo siempre en el trato porque se sabe que es una carga que soporta a cuestas como el que lleva chepa o una mochila muy pesada] tiene algún estudio específico de payaso pero fijo que sí. Pocos hombres en nuestra querida piel de toro con tantas lecturas, capacidades y saberes. Segundo de España Primero de Galapagar. Tipo del Renacimiento, ser sensible, machihembrado atizador, corazón comprometido, obrero fabril, trabajador incansable, perfecto inglés, Netflix visto entero dos veces, conquistador empedernido, seriéfilo divulgador y más que experto en tarjetas telefónicas y microondas (en esto último es cum laude). Todo eso entre otras múltiples cualidades que tampoco es plan de enumerar porque el personaje es humilde y no gusta de alabanzas a su persona. Tampoco quisiera extenderme en el recuerdo de la forma en la que se dirigía a la chavalada. Aquel poner ojitos mirando a cámara fijamente mientras habla muy despacio, como un curilla, es una de esas cosas que dan tanta vergüenza ajena que es mejor no llevar con uno. La vergüenza ajena es más dañina que el azúcar. Muchísimo peor. No hay terrones para poner al lado de ese vídeo de Segundo. Muy cringe. Ahora a los niños cuando no quieren dormir les amenazan con el speech. “Que te lo pongo”. “No mamá, NOOOOO, al Jorobas [qué cabrones son los niños con los motes] NOOOOOOOOOOO. Ya me duermo”. Mano de santo. Santo de España.

Me estoy desviando del tema porque a lo que venía es hablar de otro que tampoco es payaso —cuentan que es virólogo— pero que sale también mucho en la tele y en el youtube haciendo chistes de enfermeras. Debe ser picarón en la distancia corta y seguro que se sabe más de una casete de Arévalo. “Chúpame la minga, Dominga, que vengo de Francia”, que diría otro argentino motorizado famoso. Sí, lo saben ustedes, lo conocen ustedes. Claro que sí. Fernando Almendritas Simón y su nueva y cejuda masculinidad. Epidemiología en motocicleta. El mismo al que faltó poco para que lo molieran a palos por sacrificar a Excalibur cuando el Ébola. Esta vez se ha librado porque a los comprometidos® y La Gente® les ha pillado la pandemia a traspiés con un gobierno progresista® al mando. Mecachis en la mar. Qué mala suerte para el pancartismo genuino. Para la gente de bien. Para los buenos. Lo que hubiera sido eso. ¿Se lo imaginan? Piénsenlo por un momento. Ríete tú del NUNCA MAIS. Qué epopeya epiquísima contra los fachas se ha perdido este país por no gobernar la derecha en tiempos del virus diecinueve. Qué mal lo deben llevar. Lo están intentando con Ayuso con denuedo, la mala baba característica y un odio inopinado pero ahí van pinchando muy en hueso. Si gobernara la derecha Simón llevaba tiempo exiliado en alguna cueva recóndita con o sin Calleja. Ninguna duda. Esto lo sabe hasta la payasa. Y sin embargo, ahí sigue. Ahí lo tienen.

Pues no vienen no sé qué médicos a pedir tu cese. ¡A buenas horas mangas verdes! En diciembre que estamos. Qué has hecho tú mal en todos estos meses si sólo dices verdades en globos aerostáticos y certezas pillando olas en Portugal. Qué motivos hay para criticar tu labor, tu empatía, tu saber estar, tu bonhomía, tu buen humor. Tu escalada diaria a la verdad. Con lo que bien que hablas. Con la tranquilidad que supuras. Ese temple, esa dulzura en el mirar. Esas toses alméndricas. Ojalá sigas saliendo todos los días a decirnos cositas que, aunque no escuchamos ni por el forro, son rumor de caracola con las que ir meciendo los sinsabores y el devenir de estos tiempos inciertos de mascarillas que no eran necesarias. Aquellas que era peor llevar. Aquellas mascarillas, sí. Miéntenos más, Simón, pero no nos prives de tu palabra, de tu presencia. De tus consejos para ir a manifestaciones en marzo o de tus poderes matemáticos cuando lo de uno o dos contagios. Como mucho. Como mucho, Simón. Uno o dos. Como mucho. Cómo olvidarnos. Grande, Simón. Que ya están las luces de Navidad puestas. Los colegios de médicos. Ahora. A ti. Qué te van a echar después de ser resplandor entre tanta sombra. No te irás, Simón. Eterno. Serás, eres leyenda. Jamás, no nos dejes. No te vayas nunca, Simón.