Ñoñostiarra
He de reconocer que no se me puede sacar mucho de casa porque todo me provoca un asombro exagerado y en cuanto me encuentro en alguna…
He de reconocer que no se me puede sacar mucho de casa porque todo me provoca un asombro exagerado y en cuanto me encuentro en alguna ciudad desconocida voy soltando pequeños gritos de admiración ante cualquier estatua, plaza, iglesia, trozo de roca o copa de árbol. No paro de echar fotos e instagramear sin ton ni son y ya tengo gastada media docena de palos selfis de tantísimo como practico esta nueva disciplina artística. Soy un Mocito Feliz pero de los monumentos. Donde haya una placa allá que voy a chuparle plano a la Cultura y a la Historia. Un poner mucho el careto sin afeitar al lado de la grandeza de otros. A ver si pronto comercializan los viajes a nuevos planetas porque el nuestro se me está quedando demasiado pequeño.
En mi última gran aventura, Donostia, me han contado que existe un término por el cual se conoce a cierto tipo de donostiarra que ama a su ciudad por encima de todo y no para de alabar sus encantos sin ningún control ni medida. El apelativo es «ñoñostiarra». Ya habrán adivinado que lo de ñoño va con mala idea y por lo que he podido ver, después de una profundísima investigación de dos clics en Google, tiene bastante de peyorativo.
Los ñoños en general, más allá de esta versión localísima de San Sebastián, tenemos nuestro propio código de conducta y nuestra filosofía de vida. Un andar por ahí con ese donaire que da el tropezarse con la grandeza constantemente. Algunos ñoñistas plebeyos no lo somos de cuna y buena parte de la ñoñeidad nos la venimos ganando a pulso después de no pocos esfuerzos y grandes entrenamientos. Salimos al alba apretando mucho los puñitos, como Rocky en chándal, buscando lo que admirar con ansia ya sea en la columna del periódico, en un museo o en una taza de café (el café en vaso es barbarie). Hay algo desencajado en esta conducta ñoñista personal. Un desasosiego por algo que no termina de llegar o que debería haber llegado en algún momento anterior —esto último resulta bastante más trágico si te paras a pensarlo— por lo que tengo que ir llenando de encanto, verdadero o fingido si acaso no es lo mismo, todos y cada uno de los momentos del día. Emociones que den para ir respirando y que contrarresten tantísima fealdad. Hay demasiada fealdad y demasiado cerca. Fealdad y tristeza. Tristeza de gratis como esos documentalistas escribiendo de sus J’Haybers de la infancia. Qué huevazos. Debemos contrarrestar esta corriente estética del feísmo impostado por otras imposturas que se quieran más elevadas. El feísmo sólo trae más feísmo.
Ñoñostiarra PRO. New ñoñostiarra. Además de mis muchos ñoñismos —soy poliñoñista— cuenten conmigo en la causa ñoñostiarra. Un ñoñastiarrismo foráneo y muy de exterior. Llevo aquí tres días y soy ya un convencido. Hermosa ciudad. Solo tengo lectores muy viajados por lo que me ahorro la lista de todo lo que pueden sentir en este lugar porque lo conocen más que de sobra. Yo es la primera vez que vengo (ya digo que el mundo se me queda chiquito), pero desde hoy además de empezar a peinar canas también peino vientos y comienzo a medir la belleza en grados Donostia que es tomarle la temperatura a la autenticidad mineral de las cosas.