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Escribía recientemente Arcadi Espada sobre el catálogo a lo IKEA de Podemos alabándoles el gusto y la gracia y comentando que «es el mejor…

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IKEA, IKEA, IKEA, IKEA.

Escribía recientemente Arcadi Espada sobre el catálogo a lo IKEA de Podemos alabándoles el gusto y la gracia y comentando que «es el mejor programa electoral que se ha hecho en España». No voy a venir yo a contradecir la afirmación de Don Arcadi Espada y más no habiendo visto un programa electoral ni por el forro. Como mucho, alguno de lejos y tocándolo con un palo y con muchísimo cuidado para ver si respiraba no fuera a levantarse y lanzar un bocao. Seamos sinceros, ¿quién ve, y ya no digamos leer, los programas políticos? Son rarezas como caimanes paseándose por campos de golf o como los prospectos de los medicamentos. Sabemos que están ahí, diminutos y dobladísimos, para informar de algo importante pero de lo que se trata es de chutarse la pastilla en vena con más o menos ansias y adhesión. Los hay que acaban pillándole gustillo, vicio o profunda veneración. Es lo que tienen las drogas.

Arcadi Espada tiene toda la razón. La idea de convertir ese catálogo, por lo que representa, en una herramienta de venta de las propuestas de un partido político es una de esas ocurrencias que a cualquiera que se dedique a la publicidad o el diseño le hubiera gustado tener. Yo llevo desde que lo vi morado de envidia. Apunta a premio publicitario porque es muy bueno y lo merece. Un golpe de efecto que nadie esperaba y que te adelanta por la derecha, por la izquierda y por el centro. Una jugada ganadora ya que ligar los valores de una marca como IKEA —una auténtica lovemark— a tu propia identidad es un golpe muy inteligente. De las asociaciones que se crean, directas o más subliminales, sólo puedes obtener beneficios electorales. IKEA gana votos.

Sin embargo, todo lo que tiene de gran pieza publicitaria, de estrategia para vender, choca frontalmente con la supuesta génesis de Podemos como partido del cacareado “cambio” y la regeneración de la vieja política. La diferencia entre la ironía y el cinismo. Si el 15M era el descontento, el desarraigo y lo nuevo en asamblea frente a lo de la casta y las viejas políticas en poltronas, sorprende que se vistan con esta gráfica. No es un detalle menor que el programa se presente desligado del mix Unidos Podemos e Izquierda Unida no aparezca también dándole con gusto capitalista a la llave allen de una multinacional. Pocas cosas menos revolucionarias que IKEA: desde la experiencia de compra en su exposición (bien guiados en todo el proceso por un camino totalmente marcado) por no hablar ya del momento en el almacén donde te tienes que echar las tablas al hombro como si todos fuéramos uno de esos vascos briosos de Bricomanía (son vascos, ¿no?).

Tiene el Podemos-IKEA mucho de estafa gráfica a esa idea neorromántica o directamente cursi del 15M como momento histórico realmente transformador y lleno de una nueva vitalidad ciudadana. Una energía más auténtica, diferente y real frente a todos aquellos acomodados y burgueses que no vamos con la tienda de campaña Quechua a todas partes y que tenemos por norma okupar mensualmente la cuota de la hipoteca. Un engaño premeditado porque los convencidos, los empastillados de los que hablábamos arriba, ya están más que ganados y ahora se trata de pillar nuevos públicos, conquistar nuevos mercados, ampliar el target y vender la piel del oso comunista los días pares y medio comunista los días impares.

Por terminar, que está quedando esto más largo que aparcar en IKEA un sábado por la mañana. El programa de Podemos es mucha y buena publicidad, traición a la idea original (o al menos al relato épico que han creado) y poco o nada de revolución. A no ser que la revolución fuera comer esas albóndigas de la marca sueca y sudar la gota gorda montando estanterías billys los domingos a mediodía que al final no deja de ser como ir a misa pero con mucha más tornillería.