Pan de leche Gistau
Escribe Javier Aznar en su prólogo a Gente que se fue que David Gistau, a pesar de ir de tipo duro, es un sentimental y que «parece…
Escribe Javier Aznar en su prólogo a Gente que se fue que David Gistau, a pesar de ir de tipo duro, es un sentimental y que «parece chapata, pero es pan de leche». Menos mal que no lo describe tierno como un muffin que es un chiste que entenderán perfectamente cuando lean el libro. Javier Aznar se confiesa amigo de David Gistau y le deben sobrar razones personales para la descripción pastelera pero para mí, que no intimo con Gistau más allá que en sus textos, me suena a uno de esos elogios que te pueden noquear la biografía. Al menos la biografía de autor que no tiene que ser igual, ni mucho menos, a la de la persona. Pienso en lo esponjoso para un tipo que lleva unos veinte años apretándose el folio en blanco en los distintos periódicos nacionales y no puedo esconder la sonrisa. Pan de leche.
No se puede escribir como Gistau siendo, sobre el papel, buena gente. La columna, y no sé si es extensible a todo el periodismo, es algo antagónico a ese sentimiento panificador, de miguitas, que menciona Aznar salvo en muy contadas excepciones. Es verdad que Javier Aznar lo remarca para estos textos inéditos que conforman el libro, y no tanto para sus columnas periodísticas, pero incluso en ellos yo identifico al mismo Gistau más bien un poco puto. Más íntimo por los temas y no tanto por la forma. Un estilo que toma, con esa ironía natural suya, distancia ética, pero sobre todo estética, y que le permite ir tirándote sus historias como el que tira pan [joder con el pan] a los patos en el Retiro. La mayoría de las veces con mala hostia a ver si le acierta a alguno de lleno. ¿Quedan todavía patos en el Retiro?
El libro es muy desigual. Es más, me atrevería a decir que no tiene esa mínima unidad que uno espera de un libro medianamente decente. Echo en falta varias cosas. Los textos carecen de alguna referencia temporal (no sé si hay mucha diferencia de tiempo entre cuento y cuento o si los mismos están escritos ad hoc para este volumen). Tampoco hay ningún texto crítico que los ponga en contexto dentro de la vida del autor y hay algunos de temática argentina, por ejemplo, que podrían estar agrupados de alguna manera. La sensación es que estamos ante uno de esos libros de «retales» que podría haber sido mucho más ambicioso. «Pan de leche» tiene ya casi cincuenta años y hay que empezar a tenerle un respeto a las barbas. De la cubierta mejor hablamos otro día porque pudiéndose haber hecho algo lindo es totalmente inclasificable. De aurora boreal. Casi un misterio la opción elegida después de leído el libro.
Si lo van a leer, empiecen por los textos cortos. Son los mejores. Y cuanto más pequeños, más Gistau. Parece como si la distancia corta, ese folio en blanco o poco más allá de la columna, es donde mejor se condensa su escritura y su madrileñismo argento lleno de rockeros, boxeadores, Larry Birds, balones Tango del 82, pelotudos disfrazados de El Zorro y hasta alguna dominatrix que no me acuerdo ahora mismo si es también barra brava de River o de Boca. Y después vayan al texto grande, el primero, y que da título al librito. Este parece el gatillazo de novela sobre un Madrid, su Madrí, que no ha querido terminar y que ha dejado casi con cierta desgana perezosa. Iba para algo mayor, mucho mayor, y no llego a entender que lo sacrifique en este formato, batido y agitado, con otros textos. En él, además, está quizá lo más personal de todo el libro: el dolor de la muerte del padre. Un tema que subyace en todo Gistau y que se redime, de alguna manera, cuando habla de sus hijos. Esa importancia por hacerse presente, por estar en todo momento, aunque los muy cabrones pidan cookies en alguna bakery de moda o se hagan del Atleti. Al parecer hay uno que tira para lo rojiblanco y que supongo está ya correspondientemente desheredado.
«Un púgil, al igual que un escritor, tiene que defenderse por sí mismo». Ha coincidido esta lectura con la de La dulce ciencia de A. J. Liebling. Un libro sobre el boxeo estadounidense de los años cincuenta. Una casualidad que conecta de alguna manera los dos libros ya que Gistau comparte con Liebling una forma de observar atenta y elegante y un humor tremendamente humano. La molienda y los moratones de la vida sin quitar la cara ni la sonrisa sangrante porque al final se trata de llevar esto a muchos asaltos. Perder, como mucho, a los puntos. ¡¡Aguante, David Pan de leche Gistau!!
Gente que se fue. David Gistau. Prólogo de Javier Aznar. Editorial Círculo de Tiza.