Para qué sirve un intelectual

«Por primera vez desde que tenemos memoria las voces que prevalecen en la vida pública española son las de personas que saben». Así…

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Para qué sirve un intelectual
Antonio Muñoz Molina. Foto: EUROPA PRESS

«Por primera vez desde que tenemos memoria las voces que prevalecen en la vida pública española son las de personas que saben». Así arranca la Tribuna que hoy escribe Antonio Muñoz Molina en el diario El País. No dejen de leerla porque es uno de esos textos que habrá que recordar cuando hagamos memoria de estos días de confinamiento y coronavirus. Cuando haya que poner a limpio lo que escribieron nuestros intelectuales en los días del pico y de contar muertos.

Muñoz Molina tiene 66 años por lo que ha debido verlas de todos los colores. La primera frase resulta exagerada, cuanto menos, si en todo este tiempo nunca ha percibido las voces de los que saben prevaleciendo sobre los ignorantes y los vendedores de crecepelo. Se lo podemos intentar perdonar como ejercicio estilístico, o como punto de arranque para el resto de su argumentario, aunque se antoja ya como una premisa con trampa. Curioso que la frontera la ponga cuando nos come la pandemia y no justo antes donde se pudo, al menos, prever o paliar sus efectos. Esos expertos, que ahora ponen su voz, también estaban ahí. No son seres que estuvieran escondidos en profundidades o presos bajo la tiranía de un «oscurantismo arcaico». Sirva como ejemplo el doctor Fernando Simón que desde 2012 es el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Voz que sabe más que nadie en España sobre epidemiología y lleva dando los datos, pico y pala, desde hace muchas semanas. El mismo Fernando Simón que hoy cuenta los muertos por miles y que dijo, en su momento: «España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado». Tal cual. No sé qué medios ve Antonio Muñoz Molina pero voz más experta e informada que la de Fernando Simón no hay en este país. Es el capo. El que sabe. Muñoz Molina no se debe referir a él entre esas voces que prevalecen porque de ser así tendría que pedir su dimisión.

El resto de la pieza tiene algo de circunloquio solipsista para realmente no decir nada. La sensación es que no quiere meterse en mucho jardín. Saca derechas e izquierdas así un poco a la remanguillé tirándolo todo a la olla. Está hasta el mismísimo Trump que no identificamos muy bien que pinta aquí aunque siempre es buen perejil para cualquier salsa. Ustedes echen un poco de Trump a todo. Sin olvidar lo de lo «público», que repite al menos dos veces.

Sorprenden, especialmente, las cachetadas que le pega a la juventud y a la tecnología. «Cuando todo ha de parecer ostentosamente joven y asociado a la última novedad tecnológica, la experiencia no sirve para nada, y hasta se convierte en una desventaja para quien la posee». La ultimísimas novedades tecnológicas, de ayer mismo, de los mejores cerebros jóvenes de este país están ayudando muchísimo. Por ejemplo, los respiradores artificiales que se han construido con impresoras 3D por no hablar de lo que supone todo el software que permite teletrabajar o las aplicaciones móviles para geolocalizar a los enfermos (probadas con gran resultado en Corea y ya aplicándose en la Comunidad de Madrid). No todo es humo en lo tecnológico y se trata de distinguir entre el grano y la paja para hacer equipo con los mejores expertos sean técnicos o no. Innovación más humanismo. Vamos, nada nuevo bajo el sol tampoco. Lo de toda la vida y desde que el mundo es mundo.

Decepción. Uno espera que los intelectuales que saben que su mensaje tiene potencia y difusión digan cosas y sus palabras estén a la altura de la gravedad y de los hechos. Que sean ejemplares y comuniquen una posición cuando vienen muy mal dadas, no vaguedades que podrían estar perfectamente publicadas hace dos meses sin cadáveres en el Palacio de Hielo. ¿Para qué sirve un intelectual en este momento a menos que sea también sanitario, militar o cajera del supermercado? Entretenimiento. Yo podría estar viendo un capítulo de ÉLITE en el NETFLIX pero me entretengo más echando este rato con Antonio Muñoz Molina.

Acaba su texto con la siguiente frase volviendo a destacar el «ahora». Antes no, «ahora». Ahora sí, ojo. El tiempo presente. Se nos está cayendo la venda y nos vamos a poner las pilas: «Ahora nos da algo de vergüenza habernos acostumbrado o resignado durante tanto tiempo al descrédito del saber, a la celebración de la impostura y la ignorancia». En resumen, los ignorantes siempre son los otros.