UMA
Hay un canal de televisión que raro es el día que no emita Kill Bill en alguna de sus partes o todas seguidas, por lo que a poco que te…
Hay un canal de televisión que raro es el día que no emite Kill Bill en alguna de sus partes o todas seguidas por lo que a poco que te despistes te acabas descubriendo otra vez moviendo los deditos con la mente ayudando a Uma dentro de la Coñoneta («mueve el dedo gordo… ya pasó lo peor, ahora, solo falta despertar a los pequeños») o con los nudillos ensangrentados por pegarle puñetazos al ataúd para salir del hoyo. La Mamba Negra, katana en mano (avión incluido), desfaciendo los entuertos de su merecida venganza. La Novia, la madre, la asesina, la motera completamente vestida del Cádiz (algo tiene Kill Bill de chirigota samurái). Esa Beatrix Kiddo luciendo Asics.
¿Quién no ha querido ser Uma Thurman después de ver Kill Bill? A uno le pasa como con Rocky. Ves Rocky y al día siguiente sales a correr (o a rodar, que decimos los profesionales) apretando mucho el ojo de tigre. Ver a Uma, espigada, altiva, puro nervio rubio, es todo un curso acelerado de vida, un espadazo de autoestima. Por no hablar de su forma de dialogar y resolver los conflictos y esas pequeñas diferencias con los 88 maniacos. Auténtica pedagogía. Uu uuu uu uuu, uu uuu uu uuu.
Ay, Uma, Umita, qué dolor nos provocas hoy en el hueco sentimental de nuestra memoria. Los que un día nos quedamos acojonados en la butaca del cine ante tu belleza elástica de pantera te vamos a recordar siempre así. Hubiéramos preferido tenerte vieja al natural que esa cosa que te has hecho, o te han hecho, en la jeta. Cómo es posible. Estoy por ponerme un viejo mono que guardo de la fábrica y salir con el cuchillo jamonero para ir a visitar a tu maquillador, ese cirujano, y decirle aquello tuyo tan hermoso: «cuando la fortuna te sonríe al llevar a cabo algo tan violento y terrible como una venganza, es una prueba irrefutable no sólo de que Dios existe, sino de que estás cumpliendo su voluntad».