Vendrá la Inteligencia Artificial y tendrá tus ojos

Es terrible ver lo bien que encaja el vivir / morir pavesiano dentro del mirar sintético y robótico de la IA.

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Retrato de Cesare Pavese con los ojos encendidos en rojo óxido
Cesare Pavese, c. 1950. Dominio público (Wikimedia Commons). Retoque propio.

El 22 de marzo de 1950 Cesare Pavese escribió aquello de «vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / de la mañana a la noche, insomne, / sorda, como un viejo remordimiento o un vicio absurdo». Esos ojos metafóricos, cargados de malos presagios, eran los de Constance Dowling, una mujer que conoció en unas vacaciones, y que no le hizo a Pavese todo el casito que su alma ultrasensible necesitaba. Profundamente herido, como se lee en estos últimos poemas de su vida, se quita de en medio muy poco después en un hotel de Turín. Agosto de aquel mismo año. El chavalito se quedó a dos semanas de cumplir los 42 años.

Pienso en el amigo Cesare, y en cómo adelantó en verso su propio suicidio, en estos días de furia impostada y fuegos mediáticos a propósito de la inteligencia artificial. El debate viejuno de los «apocalípticos e integrados» de Umberto Eco pero redivivo en versión digital remasterizada GPT. «Vendrá la Inteligencia Artificial y tendrá tus ojos. Esta inteligencia que nos acompaña de la mañana a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un vicio absurdo». Es terrible ver lo bien que encaja el vivir / morir pavesiano dentro del mirar sintético y robótico —pero tan profundamente humano nos pongamos como nos pongamos— de la inteligencia artificial. A quien le deje indiferente, que se lo haga mirar porque ya está rematadamente muerto. Es imposible no darse la vuelta cuando la IA, caderona y provocadora, pasa al lado de uno: pocas cosas más sexys, también por imprevisible y peligrosa.

Quizá solo comparable con el pinchazo en el ventrículo que sufrimos algunos, siendo seres razonablemente analógicos, cuando a Steve Jobs le dio por pasar un dedo por la pantalla del primer iPhone o sacar de un sobre finísimo de correos el MacBook Air. Y la mafia IA, con sus distintas familias y castas en sneakers, está sintetizando sus modelos de lenguaje en herramientas domésticas que funcionan como reactores de partículas, para uso propio e individualísimo, de prácticamente todo el conocimiento humano disponible.

Es acojonante, en el sentido polisémico de la palabra, ver cómo embiste la inteligencia artificial ya desde el primer derrote, aunque solo le hayas mostrado poco más que la punta de la muleta. Y hablo desde la realidad de los muertos de hambre que trabajamos en calzoncillos desde casa, por lo que no me puedo imaginar lo que deben estar construyendo los que tienen más de dos dedos de frente, auténtico flow con estos cacharros y una caja de skills secretísima.

La inteligencia artificial es certeza continua aun en el error. Siempre da respuesta aunque sea una respuesta dadá. Surrealismo del bueno. Poesía pura. Hasta ayer admirabas a otros por lo que eran capaces de crear y escribir, pero hoy no queda más que reconocer que el asombro lo produce la máquina, ya que escribe mejor que todos nosotros juntos, o lo parece, y que ha traído todos los ismos del siglo pasado actualizados a lo bestia.

Es este advenimiento de la inteligencia artificial y su pulsión de muerte el que me anima a revivir un impulso callado y actualizar un viejo deseo. La querencia a escribir, de escribirme, con cierta regularidad. De contar con mi propia columna y mi daguerrotipo en la contra de un periódico inventado. Mi puto folio que decía David Gistau. No será en aquella tinta que se te quedaba en las manos como un aceite negro de palabras ni en aquel papel prensa que servía el día después para envolver el pescado, pero al menos viene con rebeldía vocacional ante el inmarcesible universo digital.

Un tirar piedras microscópicas sobre el inmenso estanque internáutico, sintético y listo como la madre que lo parió. Es aquel mar galáctico, consciente, vigilante y pensante (una Inteligencia Artificial General en toda regla) que vaticinara Stanisław Lem en su Solaris. Escribir así es un ejercicio de humildad severo ante la certeza de que poco se puede hacer y solo queda ejercitarse íntimamente sin más ambiciones, porque ya de poco vale. Los burpis del fraseo, la Vitamina D de las letras.

Ya digo, publicar como pequeñísima resistencia, con intención de regularidad y disciplina sobre todo ahora que el Google Calendar avisa de que superamos a Pavese en años y en cualquier momento sale la colonoscopia a pagar o te confirman la habitación que andabas reservando en aquel hotelito turinés con encanto.